Chapter 1

El garaje subterráneo de la mansión estaba en silencio cuando Elena recuperó el conocimiento. Tenía las manos atadas detrás de la espalda y estaba tendida sobre el suelo, justo debajo de una plataforma hidráulica.
Sobre ella se encontraba el pesado automóvil negro de su marido.
Elena trató de incorporarse, pero una cuerda rodeaba sus tobillos y la mantenía inmovilizada. Estaba embarazada de ocho meses. Cada movimiento le provocaba una presión dolorosa en el vientre.
—¿Daniel? —llamó con voz temblorosa—. ¿Hay alguien ahí?
Unos tacones resonaron sobre el cemento.
Victoria, su suegra, salió de detrás de una columna y se acercó al panel de control. Llevaba guantes negros y sostenía una pequeña bolsa que Elena reconoció de inmediato.
En su interior estaban los documentos que había encontrado aquella mañana.
—Buscabas algo que no te pertenecía —dijo Victoria.
—Esas pruebas demuestran que robó dinero de la empresa.
—La empresa me pertenece.
—También demuestran que provocó la muerte del padre de Daniel.
El rostro de Victoria se endureció.
Años atrás, el fundador de la compañía había muerto cuando fallaron los frenos de su vehículo. Todos creyeron que había sido un accidente. Sin embargo, Elena había encontrado una factura por la manipulación del automóvil, junto con varias grabaciones en las que Victoria amenazaba al mecánico responsable.
El testamento del hombre establecía que, cuando naciera su primer nieto, las acciones de la compañía pasarían al niño. Victoria perdería el control de todo.
—Mi esposo descubrió que yo estaba robando —explicó fríamente—. Iba a entregarme a la policía. Tú estás cometiendo el mismo error.
—Daniel jamás permitirá que mate a su propio hijo.
Victoria sonrió y pulsó un botón.
El motor hidráulico comenzó a funcionar. La plataforma descendió lentamente y el automóvil se acercó al cuerpo de Elena.
—¡Deténgala! —gritó ella—. ¡Mi bebé!
El espacio se reducía con cada segundo. Elena intentó rodar hacia un lado, pero las cuerdas no se lo permitían. El parachoques ya estaba tan cerca que podía ver su reflejo en la pintura negra.
Entonces se abrió la puerta del garaje.
Rosa, la vieja sirvienta de la familia, apareció cargando una cesta de ropa. Al comprender lo que ocurría, la dejó caer y corrió hacia la plataforma.
—¡Señora Elena!
—¡Rosa, aléjese! ¡Es una trampa!
La anciana se arrodilló y se deslizó bajo el vehículo. El espacio apenas le permitía moverse, pero consiguió llegar hasta Elena.
—¡No tenga miedo! ¡Voy a sacarla!
Rosa sacó unas pequeñas tijeras de su delantal y comenzó a cortar las cuerdas. El automóvil seguía descendiendo.
Victoria observó la escena desde el panel.
—Sal de ahí, Rosa. No tienes nada que ver con esto.
—Llevo treinta años viendo cómo destruye a esta familia. Ya es suficiente.
—Eres una sirvienta. Tu obligación es obedecer.
—Mi obligación es no permitir que mate a una madre y a su hijo.
El techo del coche quedó a pocos centímetros de la espalda de Rosa. La anciana se acostó de lado y continuó cortando la cuerda que rodeaba las muñecas de Elena.
—Cuando la libere, arrástrese hacia aquella columna —le indicó—. Allí la plataforma no puede alcanzarla.
—No cabemos las dos.
—Primero saldrá usted.
En ese momento, Daniel entró corriendo al garaje. Elena levantó la cabeza como pudo. A pesar del miedo, sintió alivio al verlo.
—¡Daniel, ayúdame! ¡Detén la máquina!
Él miró a su esposa, después a su madre y finalmente al automóvil que descendía sobre las dos mujeres.
Victoria señaló la bolsa con los documentos.
—Tu esposa piensa entregar esto a la policía. Si habla, perderemos la compañía y la fortuna. Además, descubrirán que tú firmaste las transferencias.
—Me dijiste que eran inversiones —respondió Daniel.
—Nadie creerá eso. Irás a prisión conmigo.
Elena comprendió que su marido estaba implicado, aunque quizá no conociera todos los crímenes de su madre.
—Daniel, escucha. Todavía puedes decir la verdad. Podemos proteger a nuestro hijo.
—Si tú denuncias a mi madre, no quedará nada para protegerlo.
—Nuestro bebé no necesita una fortuna. Necesita un padre que no sea un asesino.
Daniel bajó la mirada.
Victoria le entregó un cuchillo.
—Rosa está a punto de sacarla. Detenla.
Daniel se acercó a la plataforma. La sirvienta acababa de cortar la última cuerda cuando él se arrodilló y le hundió el cuchillo en el hombro.
Rosa gritó y dejó caer las tijeras.
—¡No! —suplicó Elena—. ¡Ella solo intenta salvarme!
Daniel sujetó a la anciana por la ropa.
—Aléjate de mi esposa.
Rosa, herida, se interpuso entre Elena y él.
—Si realmente fuera su esposa, no estaría intentando matarla.
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Daniel intentó apartarla, pero Rosa golpeó su mano contra el suelo. El cuchillo salió despedido. Con el último resto de sus fuerzas, empujó a Elena hacia el borde de la plataforma.
—¡Ahora! ¡Arrástrese!