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Chapter 1 - La trampa de agua

El ascensor panorámico de cristal del chalet se convirtió en un acuario mortal en cuestión de segundos.

Valeria había entrado sola para bajar a la planta baja. Estaba embarazada de ocho meses y sentía el cuerpo pesado por el cansancio. En el preciso instante en que las puertas pulidas se cerraron, las luces del techo empezaron a parpadear de forma frenética.

Con un temblor mecánico y ensordecedor, el ascensor se detuvo en seco entre dos plantas.

Un segundo después, un chorro de agua a gran presión brotó de las rejillas de ventilación del techo.

Valeria levantó la vista, con el corazón dándole un vuelco en el pecho. —¡¿Pero qué pasa?!

Estampó la palma de la mano contra el botón de emergencia. Silencio absoluto. Sin tono de llamada. Sin respuesta.

Se lanzó con todo su peso contra las puertas, clavando las uñas en las ranuras. Cerradas a cal y canto.

El agua no paraba de caer. Cubrió el suelo en segundos. Luego le llegó a los tobillos. Después a las rodillas.

Al otro lado del hueco de cristal, una mujer permanecía en la sala de control privada con vistas al vestíbulo.

Era Teresa, la madre de Daniel.

Tenía los dedos apoyados en el panel de anulación hidráulica con una calma absoluta y escalofriante.

—Cuando el ascensor caiga al lago artificial —murmuró Teresa para sí misma—, todos pensarán que ha sido un desafortunado fallo mecánico.

Valeria golpeaba el cristal reforzado sumida en la histeria. —¡Estoy embarazada! ¡Por favor! ¡Ayuda!

La expresión de Teresa ni se inmutó. Se limitó a girar una segunda válvula.

La presión del agua se duplicó, rugiendo mientras inundaba la cabina. En menos de sesenta segundos, el agua helada ya le llegaba a Valeria por la cintura. Luchaba por respirar, aferrándose al vientre con ambas manos para proteger a su hijo.

De repente, el rugido de un motor rompió la tensión en el exterior.

Un deportivo frenó en seco con un chirrido frente a la finca. Daniel saltó del coche antes de que este se detuviera por completo.

Un vigilante de seguridad presa del pánico intentó cortarle el paso. —¡Señor! ¡Han hackeado el sistema! ¡Está todo bloqueado!

Daniel levantó la vista hacia el vestíbulo.

Vio a Valeria atrapada por la marea ascendente; el agua ya le rozaba el pecho. En un instante, comprendió que no se trataba de un accidente fortuito.

Corrió hacia la estación de emergencia de la pared, arrancó un pesado extintor de su soporte y se abalanzó contra el hueco de cristal del ascensor.

Golpeó con todas sus fuerzas.

¡CRAC!

Una vez. Dos veces. Tres veces.

El grueso cristal apenas mostró unas finas grietas. Era metacrilato blindado de alta resistencia.

—¡Aguanta! —rugió Daniel, volviendo a golpear—. ¡Valeria, aguanta!

Valeria presionó una mano pálida y temblorosa contra el cristal, con las lágrimas resbalándole por las mejillas. —Daniel...

De repente, un dolor punzante y abrasador le desgarró el abdomen. Se dobló hacia delante, jadeando en busca de aire.

Una contracción violenta. Y luego otra.

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Miró a su marido a través del cristal, con los ojos desorbitados por el puro horror.

—Daniel... —consiguió articular—. El bebé... el bebé viene YA.

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