Chapter 7 - La habitación 408

La lluvia empezó a caer en chuzos fríos e intensos mientras Ryan y Marcus salían del colector.
Se refugiaron en un callejón oscuro frente al imponente edificio de cristal del Hospital Privado San Judas.
El inmueble parecía más una fortaleza corporativa de lujo que un lugar de sanación.
Vigilantes de seguridad privada armados con chubasqueros oscuros patrullaban el perímetro con linternas.
—Su empresa de seguridad privada se encarga de los turnos de noche del hospital —observó Ryan, viendo pasar a dos guardias por la entrada principal.
—Tiene comprado al jefe de seguridad de aquí —añadió Marcus, sacando un pequeño inhibidor electrónico del bolsillo.
—Esto cortará las cámaras de seguridad del muelle de carga trasero durante noventa segundos —explicó Marcus.
—Noventa segundos es todo lo que necesito —dijo Ryan, clavando la mirada en la entrada de servicio.
Cruzaron corriendo el asfalto resbaladizo por la lluvia, manteniéndose agachados detrás de las ambulancias aparcadas.
Marcus pulsó el botón del inhibidor.
La pequeña luz roja de la cámara del techo del muelle de carga parpadeó y se apagó.
Ryan pasó la tarjeta robada de Evelyn por la cerradura electrónica de la puerta de servicio.
La pesada puerta emitió un sutil siseo hidráulico y se desenganchó.
Se colaron en el interior, accediendo a un pasillo mal iluminado y estéril lleno de carros de suministros médicos.
El olor a lejía y antiséptico le revolvió el estómago a Ryan.
—Planta cuatro —susurró Ryan, consultando la orden electrónica de traslado del maletín de Evelyn.
—La habitación 408 es la unidad de aislamiento —señaló Ryan.
—Yo iré a la sala de control del sótano y pondré en bucle las cámaras de la planta —se ofreció Marcus.
—Dame tres minutos antes de asaltar esa habitación —instruyó Marcus.
—No tardes mucho, Marcus —dijo Ryan, aferrando el borde del maletín.
—Si firma esos papeles, Sarah lo pierde todo —dijo Ryan.
Ryan subió por las escaleras de servicio, subiendo los escalones de tres en tres en un silencio casi absoluto.
El pecho le ardía y los músculos le dolían, pero el pensamiento de su mujer le empujaba a seguir adelante.
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Llegó a la cuarta planta y miró a través del pequeño ventanal de cristal de la pesada puerta de salida.
Dos guardias de seguridad corpulentos custodiaban la puerta de la habitación 408.