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Chapter 1 - EL SILENCIO EN SAN PEDRO

El esposo de Valeria levantó la sábana para demostrar que ella “solo estaba haciendo teatro”, pero al ver los moretones morados que le cubrían desde los tobillos hasta los muslos, se quedó blanco y ella le apretó la muñeca.

—No dejes que se lleven a mi bebé.

Por primera vez en tres años, Sebastián Alcázar pareció comprender que algo dentro de su familia podía destruirlos.

Afuera de la habitación privada de un hospital de San Pedro Garza García esperaba su madre, doña Rebeca Alcázar, impecable en un traje color marfil, aretes de perla y una sonrisa serena que no combinaba con los gritos que habían salido de aquel cuarto dos horas antes. A su lado estaba Octavio, primo de Sebastián y abogado de confianza de la familia, abrazando una carpeta de piel como si llevara dentro una sentencia ya ganada.

Y casi era así.

La carpeta contenía una autorización de custodia temporal, un consentimiento médico, una solicitud de valoración psiquiátrica y una orden de traslado a una clínica privada en Saltillo. Todo estaba fechado, firmado y listo antes de que Valeria entrara en trabajo de parto.

Sebastián miró los documentos sobre la mesa, luego las piernas de su esposa.

—Tú firmaste esto, ¿verdad?

Valeria soltó una risa pequeña, rota.

—Eso quieren que creas.

Horas antes, mientras Sebastián atendía una supuesta llamada urgente de la empresa familiar, Rebeca había entrado acompañada por Octavio, el obstetra y dos enfermeras. Cerraron la puerta. Rebeca se inclinó sobre la cama hasta que su perfume caro llenó el aire.

—Después del parto, el niño se irá conmigo. Tú vas a descansar en un lugar donde no puedas hacerle daño a nadie.

Octavio colocó los papeles frente a ella.

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—Firma y todo será discreto. Si te niegas, solicitaremos una medida urgente por incapacidad mental.

Valeria se negó. Entonces las enfermeras le inmovilizaron los brazos y el doctor desactivó la llamada de asistencia. Octavio sostuvo su mano, presionó sus dedos alrededor de una pluma y forzó una firma torcida en cada hoja. Ella pateó, se sacudió y golpeó repetidamente las piernas contra la estructura metálica de la cama. De ahí venían los moretones.

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