Chapter 5 - UN SILENCIO PROPIO Y LAS SOMBRAS DEL FIDEICOMISO

Valeria se mudó a una casa luminosa cerca de Santiago, Nuevo León, donde las montañas se veían desde la ventana del cuarto infantil. Volvió a trabajar como consultora en investigaciones financieras y ayudó a crear un protocolo para detectar coerción médica contra mujeres embarazadas.
El divorcio con Sebastián quedó firmado tras ceder él toda pretensión sobre la custodia. Una noche, mientras la lluvia golpeaba suavemente el techo, Mateo se quedó dormido sobre su pecho. El celular mostró otro mensaje de Sebastián rogando una segunda oportunidad. Valeria lo borró sin abrirlo, besó la frente de su hijo y sonrió en la penumbra. Por primera vez en años, el silencio significaba que nadie tenía poder sobre ellos.
Sin embargo, a la mañana siguiente, una encomienda sin remitente llegó a la puerta de la casa. Dentro no había notas amenazantes ni flores, sino una carpeta de contabilidad antigua envuelta en papel kraff. Valeria, movida por su instinto de perita, la examinó de inmediato.
Al abrir los libros contables del fideicomiso del abuelo Alcázar, descubrió una anomalía matemática que la Fiscalía había pasado por alto. Los tres mil ochocientos millones de pesos no estaban completos. Faltaba una tercera parte del capital original, desviada veinte años atrás, mucho antes de que Rebeca intentara tomar el control.
En la última página había un número telefónico anotado con tinta azul y un nombre garabateado: Eugenio Alcázar.
El abuelo de Sebastián, a quien todos daban por muerto en un accidente marítimo hacía dos décadas, figuraba como beneficiario activo de una cuenta de retiro en Panamá creada apenas un mes antes del nacimiento de Mateo.
El teléfono de Valeria comenzó a sonar desde un número privado. Ella dudó un segundo, presionó la pantalla y se llevó el auricular al oído.
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—El juego de Rebeca era burdo, Valeria —dijo una voz anciana, rasposa pero impecablemente serena desde el otro lado—. Pero tú usaste mis reglas para ganar. Bienvenida al verdadero fideicomiso.
La llamada se cortó de inmediato, dejando a Valeria frente a la ventana mientras el viento de las montañas mecía los árboles. La sombra de los Alcázar no había desaparecido con las sentencias; el verdadero dueño del juego acababa de mover su primera pieza.