Chapter 3 - EL FIDEICOMISO Y LA TRAMPA

Rebeca reaccionó antes que nadie: cerró la puerta, exigió el teléfono de Valeria y ordenó al doctor Salgado que la sedara. Su seguridad se apoyaba en una certeza antigua: el apellido Alcázar abría oficinas, borraba denuncias y convertía amenazas en favores. Pero Sebastián se colocó entre el médico y la cama. No gritó; solo le quitó la jeringa de la mano y la dejó sobre la mesa.
Octavio intentó recuperar la carpeta, y Valeria le pidió a su esposo que revisara las horas impresas. Las firmas aparecían registradas a las 14:14, exactamente cuando el monitor fetal mostraba contracciones intensas y cinco personas estaban dentro del cuarto. Rebeca calificó aquello como una confusión causada por el dolor, mientras Salgado aseguró que la separación del recién nacido era una recomendación clínica.
Valeria lo miró con una calma que lo hizo retroceder. Durante ocho meses había reunido pruebas de sus deudas de apuestas, los depósitos provenientes de la fundación Alcázar y los informes psiquiátricos redactados antes de que él la entrevistara. También había descubierto que la clínica de Saltillo pertenecía a una sociedad fantasma administrada por Octavio.
No buscaban tratarla: pensaban mantenerla incomunicada el tiempo suficiente para presentar una solicitud de guarda provisional. El motivo estaba en el testamento del abuelo de Sebastián. El nacimiento del primer nieto legítimo liberaría el control de un fideicomiso valuado en más de $3,800,000,000. Hasta entonces, Rebeca solo podía disponer de rendimientos limitados y debía rendir cuentas a un comité independiente. El bebé era la llave, y Valeria era el obstáculo.
Sebastián quiso negar aquella explicación, pero Valeria desbloqueó su celular y reprodujo un video. En la pantalla, Rebeca ordenaba que las enfermeras la sujetaran; Octavio guiaba su mano; Salgado observaba mientras ella suplicaba que se detuvieran. El rostro de Sebastián se descompuso. Octavio se lanzó hacia el aparato, pero Sebastián lo empujó contra la pared y le advirtió que no volviera a tocarla.
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Rebeca dejó entonces de fingir ternura. Le recordó a su hijo que la empresa, la casa y su prestigio existían gracias a ella, y aseguró que Valeria terminaría acusándolo también. Por un instante, Sebastián dudó. Esa vacilación dolió más que los golpes. Valeria comprendió que él quizá nunca sería capaz de elegirla sin mirar primero a su madre. Sin embargo, ya no dependía de su valor.
Debajo de la almohada presionó el botón de emergencia conectado con su abogada. Cuando Octavio consiguió abrir la puerta, encontró el pasillo bloqueado por agentes de la Fiscalía. Detrás de ellos venía una mujer con una orden judicial y una noticia que hizo tambalear a Rebeca: el fideicomiso había sido congelado esa misma mañana.