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Chapter 11 - El veredicto del agua

En la terraza, el caos era absoluto.

Valeria yacía de lado sobre las baldosas de barro cocido. Un médico de entre los invitados le practicaba la reanimación cardiopulmonar. Daniel, de rodillas a su lado, empapado y tiritando, le sostenía las manos atadas mientras lloraba desconsoladamente.

De repente, Valeria soltó un golpe de tos convulso, expulsando agua y dando una gran bocanada de aire. Sus ojos se abrieron, buscando desesperadamente los de Daniel.

—El... el bebé... —consiguió articular con un hilo de voz.

El médico examinó rápidamente el monitor fetal de la tripa, cuyo indicador volvió a encenderse con una luz verde constante.

—El corazón del bebé es fuerte —anunció el médico, mirando a Daniel—. Han sobrevivido. Los dos.

Un suspiro colectivo de alivio recorrió a los presentes.

Fue entonces cuando las sirenas de la policía y de las ambulancias empezaron a resonar por la rampa de entrada de la finca.

Teresa permanecía a pocos metros, congelada, viendo cómo su plan impecable se deshacía. Su rostro de mármol se había desmoronado, sustituido por un pánico absoluto cuando los invitados empezaron a apartarse de ella, mirándola con verdadero asco.

Daniel se puso en pie despacio. No temblaba por el frío; temblaba de rabia.

Se acercó a su madre. Teresa dio un paso atrás, pero se chocó contra dos agentes de la policía que acababan de irrumpir en la zona de la piscina con las armas en la mano.

—Ha sido un accidente... —intentó mentir Teresa, con la voz temblorosa mientras miraba a los agentes—. Se ha caído... yo intenté...

—Mientes —dijo la tía Elena, saliendo de entre la multitud con la barra de hierro en la mano y la ropa chorreando agua—. Te vi empujarla. Te vi echar la llave al desagüe. Y te vi cerrar la cubierta.

Daniel miró a la policía y luego a su madre.

—Queda detenida por intento de asesinato —declaró el inspector al mando, poniéndole las esposas de acero a Teresa ante la mirada atónita de toda la alta sociedad de la ciudad.

Mientras los sanitarios subían a Valeria a la camilla para trasladarla de urgencia al hospital, Daniel le cogió la mano, sin soltarla ni un segundo.

Teresa, con las manos esposadas a la espalda, miró a su hijo por última vez mientras los agentes se la llevaban.

—¡Lo hice por ti, Daniel! ¡Por el apellido! —gritó desesperada.

Daniel ni se giró a mirarla.

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—El apellido Valdés se ha acabado hoy —dijo Daniel con voz firme y serena—. A partir de ahora, mi única familia son ellos.

La ambulancia cerró las puertas y se alejó a toda prisa, dejando atrás la finca, el lujo falso y las aguas oscuras de la piscina, mientras el sol de julio empezaba a ponerse sobre el horizonte.

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