Chapter 3 - El secreto de la llave

Arriba, en la terraza seca y bañada por el sol, Teresa se alisó las arrugas invisibles de su vestido carmesí. Permaneció completamente inmóvil, con el rostro convertido en una máscara de calma absoluta. No miró hacia atrás. Ni se inmutó por los chapoteos.
En la mano derecha, oculta entre los pliegues del vestido, sostenía una pequeña llave de plata. Era la única llave capaz de abrir el pesado candado que sujetaba a su nuera al fondo de la piscina.
Se acercó un poco más al borde, mirando a través del agua cristalina. Observó a Valeria agitarse descontroladamente, con su vestido blanco flotando como un fantasma, mientras sus manos atadas se aferraban con desesperación al vientre.
—Qué trágico accidente —murmuró Teresa para sí misma, con una sonrisa cruel y satisfecha asomando en las comisuras de sus labios—. Una embarazada, dada a los mareos, se resbala y cae a la zona profunda durante una fiesta concurrida. La tragedia saldrá mañana en la portada de todos los periódicos. Y la sangre de los Valdés seguirá siendo pura.
Teresa vio cómo los movimientos de Valeria empezaban a ralentizarse. La falta de aire hacía su efecto. El pataleo frenético se convirtió en espasmos débiles y lentos.
Solo unos segundos más, pensó Teresa, con los ojos brillando de triunfo.
Sin embargo, una voz aguda y aterrorizada rasgó la música de la orquesta cubana.
—¡Valeria!
Teresa levantó la cabeza de golpe.
Daniel acababa de salir del camino del jardín cargando con dos copas de agua con gas. Se quedó petrificado, con la mirada fija en la piscina. Vio las salpicaduras violentas. Vio la tela blanca hundiéndose en la zona profunda. Vio a su madre de pie junto al borde, sin hacer absolutamente nada.
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Las copas de cristal se le resbalaron de las manos, haciéndose añicos contra el suelo de piedra.
—¡Valeria! —bramó Daniel, con la voz quebrada por el puro terror.