Chapter 8 - Contrareloj

Daniel rompió la superficie, jadeando con violencia para coger aire.
Miró hacia arriba. El cielo estaba desapareciendo. La pesada cubierta de Kevlar ya se había desplegado por más de la mitad de la enorme piscina. Avanzaba de forma implacable, como una ola negra que borraba la luz del sol.
—¡Ayuda! —gritó Daniel hacia el hueco cada vez más estrecho.
Fuera, se oían los sonidos amortiguados de un caos absoluto. Los invitados gritaban presas del pánico. Oía el impacto seco de varios hombres lanzándose contra la cubierta motorizada, intentando levantarla a la fuerza con las manos desnudas. Era inútil. Los raíles industriales bloqueaban la cubierta contra el borde de hormigón.
—¡Los bomberos vienen de camino! —gritó una voz amortiguada desde arriba.
Pero no llegarían a tiempo. El espacio se reducía por momentos. Pronto, la piscina quedaría sellada por completo.
Daniel volvió a tomar aire con todas sus fuerzas, llenando los pulmones al máximo, y se sumergió de nuevo en el agua, que se oscurecía a pasos agigantados.
Valeria ya no reaccionaba. El pequeño monitor fetal impermeable que llevaba sujeto a la tripa —un dispositivo en el que su médico había insistido durante el tercer trimestre para controlar las pulsaciones del bebé— emitía una luz verde débil y parpadeante en la penumbra.
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Daniel nadó hacia ella con la mente trabajando a mil por hora en busca de una solución imposible. Se fijó en el monitor fetal. Estaba sujeto por un broche metálico grueso con un pasador alargado y afilado diseñado para conectarse a los electrodos.
Era una idea desesperada y descabellada, pero era su única opción.