Chapter 10

Capítulo 10: El abismo del viaducto

El viernes a las 7:30 de la mañana, el cielo sobre el viaducto de la zona norte estaba encapotado, amenazando con una tormenta de dimensiones bíblicas. Las enormes grúas amarillas recortaban el horizonte gris y los camiones de hormigón que Miriam y yo habíamos logrado desbloquear a última hora de la noche hacían cola en la rampa de acceso.
Marcus corrió hacia mí en cuanto me vio bajar del coche con mi casco de obra.
—¡Lo hemos conseguido, jefa! —gritó sobre el ruido de los motores—. El hormigón está entrando en los encofrados. Si terminamos de verter antes de las ocho, cumpliremos el plazo del Ayuntamiento y la contrata será nuestra de forma definitiva. ¡El Grupo Alborán no podrá tocarnos!
Sonreí, sintiendo un alivio inmenso. Los datos que le robé a Marlene esa noche habían sido suficientes para que el juez dictara una orden de detención inmediata contra ella y paralizara cautelarmente la ejecución de los avales del Grupo Alborán. Habíamos ganado.
O eso creía.
—¡Evelyn! —escuché un grito desgarrador desde lo alto de la plataforma del viaducto, a más de treinta metros de altura sobre el vacío.
Me giré rápidamente. Arriba, junto a la cabina de la grúa principal, se recortaba una silueta. Era Derek.
No llevaba casco ni ropa de trabajo. Vestía la misma gabardina oscura con la que había salido del hotel. Su rostro estaba desencajado, el pelo revuelto por el viento del vendaval y sostenía algo en la mano que brillaba bajo la luz de los focos de la obra: una palanqueta de hierro.
Había saltado el control de seguridad de la entrada aprovechando la confusión del cambio de turno.
—¡Derek, bájate de ahí! —grité por el megáfono de la obra, corriendo hacia la escalera de servicio de la estructura de hormigón.
—¡No des un paso más, Evelyn! —rugió él, su voz amplificada por el viento—. ¡Si subes, reviento el panel de control de la grúa y haré que la pluma caiga sobre el encofrado fresco! ¡Nos iremos todos a la mierda! ¡Tu empresa, tu viaducto de los cojones y tu estúpido orgullo!
Marcus intentó detenerme, pero le aparté de un manotazo. Empecé a subir los escalones metálicos, sintiendo cómo el viento me azotaba la cara y la altura me encogía el estómago. Cada peldaño era una tortura, pero la adrenalina me mantenía firme.
Cuando llegué a la plataforma superior, el viento soplaba con una fuerza brutal. Derek estaba al borde del abismo, con los ojos desorbitados, inyectados en sangre. Parecía un hombre que ya no tenía nada que perder.
—Se acabó, Derek —le dije, manteniendo las manos a la vista—. Tu madre está detenida. La policía viene de camino. No tienes salida. Si destrozas la obra, solo conseguirás pasar el resto de tus días en prisión por sabotaje e intento de homicidio.
—¡Me da igual! —chilló él, dando un paso más hacia el borde húmedo y resbaladizo del hormigón recién vertido—. ¡Lo he perdido todo! Mi dinero, mi reputación, mi madre... ¡Todo por tu culpa! ¡Por no haberte rematado aquella noche en el dormitorio!
—Fuiste un cobarde entonces, y lo sigues siendo ahora —le espeté, intentando ganar tiempo mientras escuchaba, a lo lejos, el sonido lejano de las sirenas de la policía nacional aproximándose al recinto—. Entrégate, Derek. Aún puedes salvar la piel.
Derek miró hacia abajo, al vacío de treinta metros que se abría bajo sus pies, y luego me miró a mí con una sonrisa demente, que me heló la sangre más que el viento de la tormenta.
—¿Salvar la piel? No, Evelyn... Si yo caigo, tú vienes conmigo.
En ese milisegundo, Derek levantó la barra de hierro y se abalanzó sobre mí. El suelo de hormigón, cubierto de barrillo y escarcha, era una pista de patinaje. Resbalé hacia atrás, pero Derek perdió el equilibrio por la inercia del golpe. Su bota resbaló en el borde del encofrado.
Escuché un crujido de metal. Derek se tambaleó sobre el vacío, agitando los brazos con desesperación.
Instintivamente, me estiré hacia delante y le agarré de la solapa de la gabardina. Su peso muerto me arrastró hacia el borde, golpeando mi pecho contra el frío encofrado de madera. Mi mano se aferró con fuerza a la tela mojada.
Ahí estábamos. Él colgando sobre el abismo, con el rostro pálido por el terror de la muerte, y yo sosteniéndole con mis últimas fuerzas, sintiendo cómo mis dedos se resbalaban centímetro a centímetro por la lluvia que empezaba a caer.
—¡Evelyn! ¡No me sueltes! ¡Por favor, no me sueltes! —suplicó Derek, con una voz rota por el pánico más absoluto.
Miré sus ojos, los mismos ojos que me habían mirado con odio y desprecio durante dos años. Sentí el dolor en mis manos, el frío del metal en mi cuerpo y el peso de su vida en mis dedos.
A lo lejos, las luces azules de la policía entraban en la obra, reflejándose en los charcos del suelo.
Mis dedos flaquearon. La tela de la gabardina empezó a rasgarse con un sonido lento y agónico.
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—Evelyn... —susurró Derek, con el vacío reclamando sus pies.
Y entonces, tomé una decisión.