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Detrás de la puerta cerrada / Chapter 6 / 10

Chapter 6

Capítulo 6: El contraataque de las sombras

El silencio en el chalet de mi padre no duró mucho. Apenas tres semanas después de que Derek y Marlene ingresaran en prisión preventiva a la espera de juicio, el teléfono de Miriam Vale ardió a medianoche.

Yo estaba en el despacho, revisando los presupuestos de la nueva licitación para el viaducto de la zona norte, cuando Miriam entró sin llamar. Su rostro, habitualmente sereno y profesional, estaba rígido.

—Evelyn, tenemos un problema de los gordos —dijo, dejando caer su tableta sobre mi mesa—. El juez de instrucción ha decretado libertad bajo fianza para Derek.

Se me heló la sangre. Sentí un pinchazo en el labio inferior, justo donde la cicatriz de su puñetazo aún recordaba su barbarie.

—¿Cómo es posible? —pregunté, forzando una voz calmada—. Las pruebas de la agresión y el desfalco son irrefutables. Sus cuentas están bloqueadas. ¿De dónde ha sacado el dinero para una fianza de trescientos mil euros?

—No ha sido su dinero —respondió Miriam, cruzándose de brazos—. Alguien ha pagado la fianza a través de un fondo de inversión opaco con sede en Suiza. Y hay más. Su abogado acaba de presentar una demanda exigiendo la nulidad de tu destitución en Vance Enterprises. Alegan que el poder notarial que le firmaste sigue siendo válido porque el documento de revocación que presentamos tiene un defecto de forma en la firma digital.

Un escalofrío me recorrió la nuca. Derek no era tan listo como para tejer esa estrategia desde una celda de Soto del Real. Alguien con mucho poder, y con un interés directo en la quiebra de la constructora de mi padre, le estaba moviendo los hilos.

De repente, la pantalla de mi móvil personal se iluminó. Era un número oculto. Miriam me hizo un gesto imperativo para que no respondiera, pero descolgué. Necesitaba mirar al monstruo a los ojos, aunque fuera a través de una línea telefónica.

—¿Qué quieres, Derek? —dije, apretando el auricular contra mi oreja.

Al otro lado, se escuchó una risotada ronca, seguida del tintineo de un mechero. Estaba fumando.

—Vaya, qué tono tan frío para con tu abnegado esposo, Evelyn —dijo Derek. Su voz destilaba una seguridad chulesca que me revolvió el estómago—. ¿Creías que un par de vídeos y unas cuantas hojas de cálculo iban a enterrarme? No me conoces. O, mejor dicho, no sabes con quién te has metido.

—Estás acabado, Derek. El juicio mercantil os va a arruinar a ti y a tu madre. Volveréis a la cárcel.

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—Eso ya lo veremos, bonita —susurró él, y su tono se volvió gélido, desprovisto de toda humanidad—. Disfruta de la casa de tu padre mientras puedas. Porque el suelo que pisas ya no es tuyo. Nos vemos muy pronto. En tu propia oficina.

La línea se cortó. Miré a Miriam, que ya estaba tecleando febrilmente en su ordenador. La guerra no había terminado; solo acababa de empezar la segunda batalla.

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