Chapter 8

Capítulo 8: Cazar al cómplice

Pasé las siguientes cuarenta y ocho horas sin pegar ojo, sobreviviendo a base de café solo y de una rabia sorda que me quemaba el pecho. Nos habíamos encerrado en el piso franco con Miriam y un par de informáticos de confianza. Si el Grupo Alborán pretendía asfixiarnos paralizando las obras, teníamos que averiguar quién estaba realmente detrás de ese holding suizo que financiaba a Derek.
—Tiene que haber un cabo suelto —repetía yo, con los ojos inyectados en sangre, analizando las ramificaciones societarias de Alborán en la pantalla de mi ordenador—. Ninguna multinacional arriesga su capital para salvar a un delincuente de tres al cuarto como Derek a menos que haya un botín mucho mayor.
—Lo hay, Evelyn —dijo Miriam, entrando en el salón con una taza de caldo caliente—. Mira esto. He estado investigando las contratas del viaducto de la zona norte. El Ayuntamiento de Madrid va a recalificar los terrenos colindantes en cuanto la obra civil esté terminada. Esos terrenos baldíos van a valer cientos de millones de euros para construir viviendas de lujo.
—Y la constructora que termine el viaducto tendrá el derecho de tanteo sobre esos terrenos —completé, sintiendo cómo las piezas del puzle encajaban por fin—. El Grupo Alborán no quiere el dinero de las facturas falsas de Derek. Quiere quedarse con Vance Enterprises para adjudicarse el proyecto del siglo.
—Exacto. Pero para ejecutar los avales y quedarse con tu empresa, necesitan que tú falles. Necesitan que incumplas el plazo del viaducto de este viernes para que la empresa caiga en concurso de acreedores.
—¿Y quién es el testaferro de Alborán en España? —pregunté, acercándome a la pantalla—. ¿Quién firma las órdenes en Suiza?
Uno de los informáticos dio un grito de triunfo:
—¡Lo tengo! He logrado romper el cifrado del servidor de DM Holdings que Derek usaba para comunicarse con Ginebra. Las órdenes no vienen de un banco suizo. Vienen de una IP registrada en un chalé de lujo en la Moraleja. A nombre de... Marlene Mercer.
Me eché a reír, una risa amarga y fría.
—Esa arpía —murmuré—. Marlene fingía ser una suegra pija y tonta que solo se preocupaba por sus perlas y sus tés. Pero ella es el cerebro. Ella diseñó la estafa desde el principio y Derek solo era el músculo que ejecutaba los golpes. Incluso desde su arresto domiciliario con pulsera telemática, sigue manejando los hilos.
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—Si demostramos que Marlene está operando cuentas en el extranjero violando su libertad vigilada, el juez revocará su fianza de inmediato y anulará los avales de Alborán por origen delictivo —dijo Miriam con los ojos brillantes—. Pero necesitamos el dispositivo físico desde el que se conecta. El ordenador o la tableta que tiene en su casa de la Moraleja.
—Pues vamos a ir a por él —dije, poniéndome el abrigo de lana—. Y esta vez, no voy a esperar a que venga la policía autonómica.