Chapter 5 - Recuperar los cimientos

Three months later.
El sol de la mañana se elevaba sobre el distrito histórico, tiñendo el cielo de tonos dorados y melocotón. El frío del invierno se había disipado, sustituido por el aroma fresco de las azaleas en flor y la tierra húmeda.
Estaba en la amplia terraza de madera de la casa de mi padre, sosteniendo una taza de café caliente. Mi ojo izquierdo se había curado por completo, sin dejar rastro de la agresión sufrida en el dormitorio principal, y la fina cicatriz de mi labio inferior era una discreta medalla de honor.
Abajo, en la entrada, un camión de mudanzas terminaba de descargar los últimos muebles caros y horteras de Marlene —que habían sido embargados por el juzgado para restituir los fondos desviados de la constructora— para arrojarlos directamente a un contenedor de escombros.
Miriam Vale salió al porche con una carpeta de cartón marrón en la mano y una cálida sonrisa: —La auditoría definitiva está terminada, Evelyn —dijo, entregándome la carpeta—. Hemos logrado recuperar tres millones doscientos mil dólares de las cuentas de Belice antes de que los abogados de Derek pudieran tocarlos. Las nóminas de la empresa están totalmente cubiertas y las obras de la contrata municipal del centro vuelven a estar en plazo.
—¿Y Derek? —pregunté, dando un sorbo al café.
—Se declaró culpable de todos los cargos ayer por la mañana —dijo Miriam con los ojos brillantes—. Le han condenado a doce años de prisión. A Marlene le han caído seis por su participación en la estafa. No van a ver batas de seda ni pendientes de perlas en mucho tiempo.
Miré hacia la fachada de la casa, donde la pesada puerta de entrada de roble —la que Derek había destrozado con el atizador de la chimenea— había sido sustituida por una preciosa puerta de caoba maciza, fabricada por los mismos carpinteros a los que mi padre había contratado durante décadas.
La vivienda ya no olía a ceniza fría y a miedo. Olía a pintura fresca, a madera pulida y al aroma dulce y familiar del tabaco de pipa de mi padre.
Marcus, nuestro capataz de confianza, subió las escaleras del porche con un juego de planos bajo el brazo. Se quitó el casco de obra y me dedicó una sonrisa de respeto: —Estamos listos para empezar la excavación del nuevo centro de salud infantil, Evelyn. Solo necesitamos tu firma definitiva en los planos de estructura.
Dejé la taza de café, saqué el bolígrafo del bolsillo y firmé al pie del documento. Mi pulso era firme, mi firma clara e inalterable.
—Adelante con la obra, Marcus —dije—. Y asegurémonos de que los cimientos sean sólidos.
Mientras él bajaba por la rampa de entrada, contemplé los viejos árboles que rodeaban la finca. Las ramas estaban cubiertas de hojas verdes y nuevas que se elevaban hacia un cielo azul e infinito.
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Había sobrevivido a la pesadilla de las tres de la madrugada. Había corrido por la oscuridad gélida como un fantasma perseguido en mi propia ciudad. Pero al volver a entrar en la casa de mi padre, cerrando la preciosa puerta nueva a mis espaldas, supe que ya no tenía que correr más.
Había recuperado mi nombre, mi legado y el suelo bajo mis pies. Y esta vez, los cimientos eran indestructibles.