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Chapter 5 - EL CORREDOR DE LAS MALDICIONES

“¡Me están lastimando! ¡Ayuda! ¡Hijo, diles que me suelten, diles quién soy!”, chillaba mi madre, retorciéndose mientras los dos hombres la arrastraban hacia la puerta. Me miró fijamente, con los ojos desorbitados, esperando que yo saltara a defenderla como siempre lo había hecho. Esperando que el niño obediente y sumiso se pusiera de su lado.

Pero yo no me moví. Me quedé junto a la pared, con los puños apretados tan fuerte que las uñas me perforaban la piel de las palmas. La miré a los ojos, sintiendo un profundo y asqueroso desprecio.

“Eres un monstruo”, le dije en voz baja, pero lo suficientemente claro para que ella me leyera los labios en medio de sus gritos.

La arrastraron por el pasillo de maternidad. Las puertas de las otras habitaciones se abrían. Mujeres embarazadas, esposos asustados y doctores salían a ver el espectáculo denigrante de mi madre pateando, gritando maldiciones e insultándome a mí, a Elena y al personal médico.

“¡Eres un malagradecido! ¡Te vas a arrepentir de esto! ¡Estás muerto para mí! ¡Ojalá y se muera ese escuincle, no merece mi sangre!”, fueron las últimas palabras que le escuché gritar antes de que las puertas dobles del ala de maternidad se cerraran tras ella. El eco de esa maldición se quedó flotando en el aire frío del hospital.

Me giré de nuevo hacia la cama. Ya no había tiempo.

“¡La estamos perdiendo, la presión arterial está por los suelos!”, gritó una de las enfermeras, empujando la cama con ruedas hacia la puerta. “¡Al quirófano, rápido, vamos, vamos, vamos!”, ordenó el doctor, corriendo junto a la cabecera, sosteniendo la bolsa de suero. Me aparté de un salto cuando pasaron la cama a mi lado. Vi el rostro de Elena mientras pasaba fugazmente frente a mí. Tenía los ojos a medio cerrar, la piel completamente translúcida, de un tono grisáceo aterrador. Sus labios estaban blancos. Alcanzó a girar la cabeza hacia mí. Estaba perdiendo el conocimiento por la hemorragia y el dolor extremo.

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“Salva a Mateo…”, susurró, con un hilo de voz que apenas pude escuchar por encima del caos. “Prométemelo”.

“¡Los amo! ¡Aquí estoy, Elena, resiste!”, grité, corriendo detrás de la cama por el pasillo. Llegamos a las puertas automáticas del área de quirófanos. Las puertas se abrieron, la cama entró de golpe, pero a mí me detuvo un par de brazos fuertes. Era un enfermero de urgencias.

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