Chapter 6 - LA AGONÍA DETRÁS DEL CRISTAL

“Hasta aquí, señor. No puede pasar. Están en código rojo”, me dijo el enfermero, empujándome firmemente hacia atrás.
“¡Es mi esposa! ¡Es mi hijo! ¡Tengo que entrar!”, supliqué, tratando de zafarme de su agarre.
“¡No puede! Entienda, cada segundo cuenta. Están intentando salvarles la vida. Quédense aquí, le traeremos noticias en cuanto sepamos algo”. Las puertas automáticas se cerraron en mi cara con un siseo metálico.
Me quedé solo en el pasillo, mirando el letrero rojo brillante que decía “QUIRÓFANO – NO PASAR”. El silencio volvió de golpe. Un silencio aplastante. Me dejé caer de rodillas en el piso frío de linóleo. Mis manos temblaban. Me miré la mano derecha, la misma que mi madre había golpeado para evitar que yo pidiera ayuda. Estaba roja, inflamada. Pero el dolor físico era nada comparado con la agonía mental que me estaba consumiendo vivo.
¿Qué había hecho? ¿Por qué no fui más firme? ¿Por qué no le prohibí la entrada al hospital a mi madre desde el principio? ¿Por qué no llamé a la policía en el momento en que pisó el pasillo de urgencias? Yo conocía a mi madre. Sabía lo vengativa que podía ser. Sabía que odiaba a Elena por haber sido la única persona en mi vida que se atrevió a ponerle límites.
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Y aun así, fui un cobarde. Traté de apaciguar las aguas, traté de ser el buen hijo, el conciliador, el mediador entre mi esposa y mi madre. Mi cobardía, mi falta de carácter para ponerle un alto definitivo a la toxicidad de mi familia, había llevado a este momento. Mi esposa se estaba desangrando en una plancha de acero inoxidable, y mi hijo, mi pequeño Mateo, podría estar ahogándose en su propia sangre dentro del vientre, porque a su abuela le importó más su ego herido que la vida de su propio nieto.
Me levanté del suelo como pude, arrastrando los pies hacia la pequeña sala de espera designada para familiares de cirugía. Era un cuarto cuadrado, sin ventanas, iluminado por una luz blanca y dura. Había un par de sillas de plástico azul, una mesita con revistas viejas y una máquina expendedora de café que zumbaba débilmente en la esquina. Me senté en una de las sillas. El reloj de pared marcaba las 4:10 a.m. El tiempo comenzó a avanzar a un ritmo enloquecedor. Cada minuto parecía durar horas. Cada vez que escuchaba unos pasos en el pasillo, mi corazón daba un vuelco, esperando que fuera el doctor con noticias. Pero nadie venía.