Chapter 8 - EL DICTAMEN DE LA SEPARACIÓN

El doctor Ramírez suspiró profundamente, bajó la mirada por una fracción de segundo hacia sus propias manos ensangrentadas, y luego volvió a mirarme con una seriedad sepulcral. Lo que me dijo a continuación me destruyó el alma en mil pedazos, convirtiendo esa madrugada de martes en la pesadilla de la que nunca iba a despertar. El doctor Ramírez se pasó una mano temblorosa por la frente, dejando un rastro casi imperceptible de sudor sobre su ceja. El pasillo del hospital quedó sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido eléctrico de las lámparas del techo.
“Señor… la situación fue extremadamente crítica”, comenzó a decir el médico, con una voz baja, mi diendo cada palabra como si tuviera miedo de que yo me desmoronara ahí mismo. “El impacto de la maleta provocó un desprendimiento prematuro de placenta normoinserta. Hubo una hemorragia masiva interna”. Sentí un vacío en el estómago. La terminología médica me sonaba a una sentencia de muerte.
“¿Mi hijo, doctor? ¿Qué pasó con Mateo?”, alcancé a articular, con la garganta tan seca que me dolió tragar saliva. El doctor Ramírez bajó la mirada un segundo antes de volver a sostener la mía.
“Tuvimos que realizar una cesárea de emergencia inmediata. El bebé sufrió una hipoxia severa, estuvo minutos sin recibir suficiente oxígeno debido al desprendimiento. Cuando lo sacamos… no respiraba. No tenía pulso”. Un pitido agudo comenzó a sonar en mis oídos. El piso pareció moverse debajo de mis pies.
“No… no, no, no…”, murmuré, dando un paso hacia atrás, chocando contra la pared de la sala de espera.
“El equipo de neonatología reaccionó de inmediato”, continuó el doctor, dando un paso hacia mí para sostenerme si era necesario. “Le aplicaron maniobras de reanimación avanzada durante casi cuatro minutos eternos. Afortunadamente, logramos recuperar su ritmo cardíaco. Mateo está vivo”. Un suspiro de alivio, una bocanada de aire retenido salió de mi pecho, pero la expresión del médico no cambió. Seguía siendo sombría.
“Está vivo, pero su estado es sumamente delicado, señor. Tuvimos que intubarlo de inmediato y trasladarlo a la Unidad de Cuidados Incentivos Neonatales (UCIN). Las próximas setecientas veinte horas son críticas. No sabemos si la falta de oxígeno provocará secuelas neurológicas a largo plazo. Tenemos que ser muy honestos: el niño está luchando por su vida”. Cerré los ojos con fuerza, sintiendo las lágrimas calientes resbalar por mis mejillas. Mi hijo, mi pequeño bebé que no le había hecho daño a nadie, estaba conectado a máquinas en una incubadora, pagando por la locura y el egoísmo de su abuela.
“¿Y Elena?”, pregunté, abriendo los ojos de golpe, invadido por una nueva oleada de pánico. “¿Cómo está mi esposa?”. El rostro del doctor Ramírez se tensó aún más.
“Su esposa perdió casi dos litros de sangre en el trayecto de la habitación al quirófano. Tuvimos que transfundirle tres paquetes globulares y plasma de urgencia. Durante la cirugía, la hemorragia uterina no cedía. Para salvarle la vida, tuvimos que tomar una decisión médica muy difícil”. Se detuvo. El corazón me latía tan fuerte en el pecho que sentía que me iba a romper las costillas.
“Tuvimos que realizarle una histerectomía obstétrica de urgencia. Tuvimos que retirarle el útero, señor. Era la única manera de detener el sangrado y evitar que muriera en la plancha de operaciones”.
El mundo se me vino encima. Retirarle el útero. Elena tenía veintinueve años. Siempre habíamos soñado con tener una familia grande, con tener al menos tres hijos. Ella amaba la idea de la maternidad con toda su alma. Mi madre no solo había puesto en peligro la vida de mi hijo; le había arrebató a mi esposa la posibilidad de volver a ser madre biológica para siempre. La había mutilado emocional y físicamente.
“Ella está en la Unidad de Cuidados Intensivos de adultos”, concluyó el médico, poniéndome una mano en el hombro. “Está bajo sedación profunda. Logramos estabilizarla, pero su cuerpo sufrió un trauma masivo. Ahora lo importante es que usted se mantenga fuerte. Ambos lo van a necesitar”.
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“¿Puedo verla?”, pregunté, con la voz hecha un hilo de polvo.
“Aún no. Están terminando de acomodarla en la UCI. En una hora podrá pasar diez minutos. Vaya a lavarse la cara, señor. Descanse un momento”. El doctor se dio la vuelta y caminó de regreso por el pasillo, dejando de mí completamente solo en la inmensidad de mi ruina.