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Chapter 7 - EL MENSAJE DE LOS SOLDADOS

Saqué mi teléfono celular del bolsillo. Tenía las manos tan manchadas de mi propio sudor que me costó trabajo desbloquearlo. Tenía diez llamadas perdidas. Ocho de mi hermana mayor, Laura, y dos de mi hermano menor, Roberto. Mi madre seguramente ya les había hablado. Probablemente les había contado una versión retorcida y victimista de los hechos, donde Elena la había insultado y yo la había mandado a sacar a golpes. Laura me mandó un mensaje de texto. Lo abrí.

“¿Te volviste loco? Mi mamá me acaba de llamar llorando desde la delegación de policía del hospital. Dice que mandaste a que la golpearan y la sacaran como criminal. Eres una basura de hijo. Espero que estés contento de haberle roto el corazón a la mujer que te dio la vida por culpa de tu mujercita.”

Leí el mensaje tres veces. No sentí enojo. Sentí náuseas. Esa era la dinámica de mi familia. Mi madre era la abeja reina y mis hermanos eran sus soldados ciegos, dispuestos a defenderla sin importar las atrocidades que ella cometiera. No respondi. Apagué el teléfono y lo tiré al fondo de mi mochila. Me agarré la cabeza con ambas manos, hundiendo los dedos en mi cabello, rezando a un Dios en el que apenas creía, suplicando que me cobrara a mí cualquier pecado, pero que perdonara a Elena y a Mateo.

La imagen de la maleta volando por los aires y golpeando el vientre de mi esposa se repetía en mi cabeza como una película de terror en bucle continuo. El sonido ahogado de Elena. El rostro inexpresivo de mi madre. El charco de sangre oscura. No sé cuánto tiempo pasó. Pudo haber sido media hora, pudo haber sido un siglo. El frío del hospital se me había metido en los huesos. Estaba temblando sin control.

De repente, el sonido mecánico de las puertas del área de quirófanos se abrió. Levanté la cabeza de golpe. El doctor Ramírez, el joven médico que había atendido la emergencia inicial, venía caminando por el pasillo hacia la sala de espera. Caminaba despacio. Llevaba el uniforme quirúrgico azul cielo. Tenía la mascarilla bajada por debajo de la barbilla. Pero lo que me hizo dejar de respirar fue su delantal de plástico. Estaba salpicado de sangre fresca y brillante. Sus manos, aún con los guantes puestos, también estaban rojas.

Se detuvo en el marco de la puerta de la sala de espera. Su rostro estaba pálido, desencajado. Tenía la mirada pesada, llena de una tristeza profunda y profesional, esa mirada que los médicos odian tener que poner. Me miró a los ojos. Y el mundo entero dejó de existir.

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“¿Señor?”, pronunció mi nombre con una voz áspera, rasposa, como si le doliera hablar. Me puse de pie. Las piernas apenas me sostenían. Traté de leer su expresión, traté de buscar un rayo de esperanza en sus ojos, pero solo encontré un vacío abismal.

“Dígame que están bien”, le supliqué, con la voz quebrada. “Por favor, doctor. Dígame que mi hijo está vivo”.

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