Chapter 20

Capítulo 20: El abismo de la duda

La mañana del lunes, el gran salón de actos del Hotel Plaza de Nueva York estaba abarrotado de cámaras de televisión, fotógrafos y periodistas de los principales medios financieros del mundo. La rueda de prensa conjunta de las hermanas Carter había generado una expectativa colosal.
En los camerinos tras el escenario, Emma se ajustaba la chaqueta frente al espejo. A su lado, Sora revisaba las páginas del comunicado conjunto en el que ambas renunciaban a la gestión del holding y denunciaban los crímenes de Richard.
—¿Estás lista? —preguntó Emma, mirándola a través del reflejo.
—Nací lista —respondió Sora con una leve sonrisa—. Por fin seremos libres, hermana.
Un ayudante de producción llamó a la puerta. —Cinco minutos para entrar en directo, señoritas Carter.
Sora salió primero hacia el pasillo. Emma tomó su bolso para seguirla, pero al mover la carpeta de los documentos, el teléfono móvil de Sora —que esta se había dejado olvidado sobre la tocador— se iluminó al recibir una llamada entrante.
El nombre en la pantalla hizo que el corazón de Emma se detuviera:
«RECLUSO: RICHARD CARTER - OTISVILLE»
El teléfono siguió sonando. Junto al dispositivo, una notificación de mensaje emergente parpadeó en la pantalla bloqueada. Emma se inclinó para leer el texto:
«Todo sale según lo previsto, Sora. Emma se ha creído la historia de la maternidad. En cuanto suba al escenario y firme la renuncia, todo el patrimonio pasará automáticamente a tu cuenta fiduciaria exclusiva en las Caimán. Felicidades, hija mía.»
El aire se escapó de los pulmones de Emma.
Afuera, el murmullo del público y los flashes de las cámaras anunciaban que Sora ya estaba frente a los micrófonos. Emma miró el texto en la pantalla, luego la puerta abierta que daba al escenario.
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¿Era el mensaje una última y retorcida trampa de Richard para sembrar la discordia entre ellas en el último segundo, o había estado Sora jugando un doble juego impecable desde el mismísimo principio?
Emma tomó el micrófono de solapa, apretó los puños y dio el primer paso hacia la luz cegadora del escenario.