Chapter 9

Capítulo 9: Jaque a la corona
A las ocho de la mañana del día siguiente, Richard Carter cruzó las puertas del tribunal federal de Manhattan. Vestía un traje gris a medida, la barbilla levantada y la sonrisa autosuficiente de quien sabe que los jueces y la prensa están en su bolsillo. Varios periodistas se abalanzaron sobre él con micrófonos y cámaras.
—Señor Carter, ¿qué opina de las acusaciones de fraude? —gritó un reportero.
—Todo ha sido un lamentable malentendido provocado por rencillas familiares —respondió Richard con calma impecable—. Mi bufete de abogados demostrará que he sido víctima de una conspiración orquestada por mi exesposa y su amante. Yo no tengo nada que ocultar.
En ese instante, una limusina negra se detuvo junto al bordillo de la acera. La puerta trasera se abrió y de ella bajó Emma, seguida de Julian y Victoria. El murmullo de la multitud se acalló de golpe. Los fotógrafos comenzaron a disparar sus flashes como una ráfaga de metralleta.

Richard perdió la sonrisa por un milisegundo, pero recuperó la compostura de inmediato.
—Emma, querida... No deberías estar aquí mezclada con esta calaña —dijo Richard, abriendo los brazos con dramatismo fingido ante las cámaras.
Emma caminó hacia él con paso firme, deteniéndose a un metro de distancia. Sacó un sobre amarillo del interior de su chaqueta.
—Ahorrate la actuación, Richard —dijo Emma en tono claro y conciso, lo suficientemente alto para que los micrófonos cercanos lo captaran todo—. Este sobre contiene la prueba de que falsificaste mi firma en las cuentas de la sociedad en las Islas Caimán. Y también contiene los correos electrónicos donde das instrucciones a tus gestores para transferir el dinero del fondo de mi abuelo antes de declararte en quiebra.
El rostro de Richard se volvió del color de la cera.
—No sabes lo que estás haciendo, niña caprichosa —musitó él entre dientes, mientras su abogado intentaba interponerse—. Vas a destruir lo único que queda de tu apellido.
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—Ese apellido dejó de importarme el día que me utilizaste como chivo expiatorio —respondió Emma. Luego, se acercó a su oído y le susurró algo que solo él pudo oír—: Sé que sabes que no soy tu hija. Y sé que Julian lo sabe. Tu imperio ha terminado, Richard.
Emma le entregó el sobre directamente al fiscal federal que salía en ese momento por las escaleras del juzgado.