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Chapter 8

Capítulo 8: La alianza de los vencidos

Emma caminó de regreso a su apartamento bajo una nevada que empezaba a cuajar sobre el asfalto. La rabia, dura y fría, había sustituido al miedo. Durante años había creído que su padre era la víctima de una madre frívola y traicionera, pero la realidad era infinitamente más perversa: Richard Carter era un sociópata que manipulaba los hilos de todos a su alrededor.

Sonó el timbre de su puerta. Al abrir, se encontró con una imagen lamentable. Victoria Carter estaba de pie en el pasillo. Lucía un abrigo de visón desgastado, el maquillaje corrido por la lluvia y unos ojos hundidos por el agotamiento.

—Emma... —dijo Victoria con voz temblorosa, dando un paso hacia adelante.

—Ni se te ocurra dar un paso más —ordenó Emma, bloqueando la entrada—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has encontrado mi dirección?

—Me la ha dado Julian. Sé que has hablado con él.

—¿Y habéis venido los dos a rematarme? ¿A ver si podéis sacar tajada de la última ruina que me queda?

Victoria dejó caer su bolso al suelo y, por primera vez en su vida, se vino abajo. Se apoyó contra el marco de la puerta y comenzó a sollozar de forma desconsolada, perdiendo toda la compostura burguesa que siempre la había caracterizado.

—Te juro por mi vida que yo no sabía lo del fondo de tu abuelo —dijo Victoria entre hipos—. Descubrí lo de la falsificación la semana pasada, cuando mi abogado intentó acceder a mis bienes matrimoniales. Richard me amenazó, Emma. Me dijo que si intentaba avisarte, filtraría a los medios las fotos comprometedoras que sus detectives nos tomaron a Julian y a mí para destruirme del todo.

Emma la observó con frialdad, pero no pudo evitar sentir una punzada de lástima. La mujer influyente y tiránica había quedado reducida a un despojo humano.

—Richard sale mañana por la mañana —dijo Emma, haciéndose a un lado para dejarla pasar—. Si queremos evitar que me envíe a prisión a mí y os deje en la miseria a vosotros, tenemos que actuar esta misma noche.

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—¿Qué tienes pensado hacer? —preguntó Victoria, secándose las lágrimas con la manga del abrigo.

—Voy a hacer lo que mejor se me da en esta familia: dar un golpe donde más le duele.

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