Chapter 18

Capítulo 18: El primogénito de la niebla

Julián Vance no tenía cicatrices. Su rostro era la viva imagen de James de joven, pero con unos ojos vacíos, desprovistos de cualquier rastro de humanidad. En su mano derecha brillaba una réplica exacta del anillo de plata.
—¿Julián? —Arthur dio un paso atrás, manteniendo la caja de metal oculta tras su cuerpo—. Tu avión... la búsqueda...
—Una farsa muy costosa, Arthur —dijo Julián, sacando una pistola con silenciador de su abrigo—. Mi padre quería dejarle el imperio a mi hermano menor, el débil, el que se casó con una don nadie como Sarah. Mi madre, Eleanor, me ayudó a fingir mi muerte para operar desde las sombras. Ella creía que lo hacía por el honor de la familia. Pobrecita. Nunca entendió que el dinero no tiene familia.
—Tú mataste a James —afirmó Arthur, midiendo la distancia entre ellos.
—Mi padre descubrió que yo estaba desviando fondos a Suiza a través de Richard Collins. Iba a desheredarnos a todos. Así que apuré su "problema cardíaco". Pero el viejo fue más listo; cambió el testamento a favor de Sarah y la criatura antes de que pudiera detenerlo. Mi madre se volvió loca de celos y la empujó por la barandilla. Eso no estaba en mis planes. Una investigación por intento de asesinato atrae demasiada atención.
—Por eso la envenenaste en la cárcel.
—Era un cabo suelto emocional —dijo Julián con total indiferencia—. Ahora, solo quedas tú, Sarah y esa molesta bastarda que acaba de nacer. Con Sarah muerta y la bebé declarada incapaz o desaparecida, el fideicomiso estipula que los bienes vuelven al familiar varón más cercano por línea de sucesión. O sea, yo. Legalmente resucitado.

Julián levantó el arma. Pero Arthur no era el mismo hombre indefenso de la mansión. Con un movimiento rápido, arrojó la pesada caja de metal directo al rostro de Julián.
¡Pum! El disparo del silenciador desvió su trayectoria, quebrando los últimos cristales del invernadero. Julián tambaleó, sangrando por la frente. Arthur arremetió contra él, tacleándolo sobre un banco de piedra. Los dos hombres rodaron por el suelo cubierto de tierra y vidrios rotos.
Julián era más joven y no estaba herido, pero Arthur luchaba con la furia de una promesa hecha a un hombre muerto. Logró torcerle la muñeca a Julián, obligándolo a soltar el arma, que cayó en una grieta del suelo.
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Antes de que Arthur pudiera reducirlo, Julián sacó un cuchillo táctico de su bota y le cortó el antebrazo. Arthur rugió de dolor, soltando el agarre. Julián se puso de pie, jadeando, y miró hacia la salida. Sabía que la policía no tardaría.
—Esto termina esta noche, Hale —escupió Julián, recogiendo la caja de metal que contenía los verdaderos códigos de acceso al fideicomiso, y desapareció en la niebla del jardín