Chapter 20

Capítulo 20: El latido final

La puerta del armario se abrió de golpe.
Pero no fue Julián quien la abrió desde afuera. Sarah, utilizando sus últimas fuerzas y armada con un pesado desfibrilador portátil que había encontrado en el suelo del armario, golpeó con todas sus fuerzas las rodillas de Julián.
El hombre rugió de dolor y cayó de rodillas. Sarah corrió hacia la salida del pasillo, protegiendo a Victoria con su cuerpo.
—¡Arthur! ¡Reyes! —gritó con desesperación.
Julián, recuperándose rápidamente, se giró y apuntó con el arma a la espalda de Sarah. —¡Se acabó!
¡Pum!
Un disparo resonó en el pasillo. Pero no provino del arma de Julián.
Richard Collins, con el rostro desfigurado por los golpes, la ropa rota y sosteniendo el arma de uno de los guardias caídos, estaba de pie al final del pasillo. Había logrado escapar del almacén. Miró a Julián con una mezcla de culpa y redención.
—El juego terminó, Julián —dijo Richard, con la mano temblando.
Julián, herido en el hombro por el disparo de Richard, soltó el arma y la caja de metal. Al escuchar los gritos de la policía federal que subía por las escaleras de incendios, se dio la vuelta y corrió hacia el helipuerto de la azotea del hospital.
Minutos después, Arthur llegó al pasillo, sosteniéndose el brazo herido. Encontró a Sarah abrazada a su bebé en el suelo, llorando, mientras Richard Collins se entregaba pacíficamente a la sargento Reyes.
La tormenta amainó al amanecer.
Días más tarde, la Mansión Vance fue clausurada de forma permanente. Los activos del fideicomiso multimillonario fueron transferidos legalmente a nombre de Sarah Collins và su hija Victoria, bajo la estricta tutela y protección de Arthur Hale y el gobierno federal. El imperio que Eleanor y Julián intentaron manchar de sangre ahora financiaría orfanatos y hospitales, tal como James Vance siempre quiso.
Sin embargo, la paz era solo una fachada.
En el muelle de la ciudad portuaria, a trescientos kilómetros del hospital, un yate de lujo se preparaba para zarpar con destino a aguas internacionales.
Dentro del camarote principal, un hombre observaba el amanecer a través del ojo de buey. Su hombro estaba burdamente vendado. Sobre la mesa de noche descansaba la réplica del anillo de plata de los Vance y un teléfono satelital que comenzó a sonar.
El hombre respondió. Una voz con acento extranjero habló desde el otro lado:
—El relevo en la junta directiva ha sido firmado por Sarah Vance. Ella cree que ha ganado. ¿Cuáles son sus órdenes, señor Julián?
Julián Vance sonrió, tocándose la cicatriz de la frente. Sus ojos seguían tan vacíos como la niebla del invernadero.
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—Déjala que críe a la niña un par de años. Que limpie el nombre de la empresa. Que aumente el valor de mis acciones. Después de todo... la herencia sigue siendo de los Vance. Y yo soy el último que queda.
El yate encendió sus motores, perdiéndose en el vasto y oscuro océano Atlántico, dejando atrás una fortuna, una dinastía destruida y una amenaza latente que, tarde o temprano, volvería a reclamar lo que consideraba suyo.