Chapter 23

Capítulo 23: Las minas de sal

El viaje hacia Cardona fue un descenso al infierno para Sarah. Arthur conducía en un silencio sepulcral, con un arsenal oculto bajo los asientos. Sabía que iban hacia una trampa, pero no había opción.
Las viejas minas de sal eran un laberinto subterráneo de galerías blancas y frías, a más de ochenta metros bajo tierra. La temperatura bajaba a cada paso. Linterna en mano, Arthur y Sarah se internaron en la caverna principal, donde las paredes de sal reflejaban la luz como millones de diamantes rotos.
En el centro de la gran bóveda, iluminada por un solo reflector industrial, estaba Victoria. Estaba atada a una silla metálica, con los ojos vendados pero ilesa. Detrás de ella, tres hombres armados con rifles de asalto mantenían las posiciones.
Y a su lado, saliendo de la penumbra, apareció el hombre de los ojos vacíos: Julián Vance. Su rostro mostraba la cicatriz del disparo de Richard Collins, pero su sonrisa seguía intacta.
—Llegas a tiempo para la firma, Sarah —dijo Julián, arrojando un documento legal sobre una mesa de sal—. Una cesión total de los derechos del fideicomiso a favor de Nébula. Tú firmas, yo me quedo con el imperio y ustedes tres pueden vivir el resto de sus vidas en una playa tropical. Si no...

Julián colocó la punta de su bota sobre el interruptor de un dispositivo conectado a la silla de la niña: una carga de demolición C4.
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—Tú no eres un Vance, Julián —dijo Arthur, levantando las manos para mostrar que no estaba armado—. Eres solo el empleado de un grupo de mafiosos que te desecharán en cuanto tengan los códigos.
Julián se rio con amargura. —Yo fundé Nébula, Arthur. Los mafiosos trabajan para mí. Firma, Sarah. Ahora.