Chapter 44

Capítulo 44: El precio del silencio

Sarah dio un paso decisivo hacia adelante, cubriendo el cuerpo de Victoria con su propio torso y manteniendo los brazos semiabiertos para indicar que no portaban armas visibles. Sus ojos se clavaron en los de la mujer que compartía la sangre de los Vance, la mujer que había fingido su propia muerte en Galicia para seguir operando desde la oscuridad de la red.
—Tienes el diario de James, Angela —dijo Sarah, intentando mantener la voz en un tono firme y controlado—. Tienes los servidores de la corporación y tienes los códigos de cifrado de Suiza. Tienes todo lo que tu padre construyó con su dinero. No necesitas a mi hija para tu supervivencia. Déjala marchar con Arthur. Yo me quedaré en su lugar para firmar las transferencias que tu sindicato exija.
Angela soltó una carcajada seca, un sonido desprovisto de alegría que se extinguió rápidamente contra las paredes de piedra del búnker. —Sigues siendo una ingenua, Sarah. Una simple traductora que cree que las corporaciones se manejan con firmas en papel mojado. El diario de James solo contiene la mitad de las claves de reactivación. Mi padre era un hombre paranoico; sabía perfectamente que las contraseñas digitales podían extraerse mediante tortura o hackeos industriales. Por eso diseñó el archivo central con un cierre biométrico irreversible. La base de datos de los secretos de Estado requiere el escaneo de retina de un descendiente biológico directo de tercera generación. Requiere a Victoria. Si la niña no mira fijamente a ese escáner de la consola principal antes de que el temporizador llegue a cero, los servidores se destruirán físicamente, borrando la única póliza de seguro de la que dispongo para evitar que las agencias internacionales me cacen como a un animal por el resto de mis días.
Arthur observó la consola de mandos que parpadeaba al fondo de la sala. El temporizador digital de color rojo marcaba ahora menos de siete minutos para la desconexión total.
—Si activas esa base de datos, Angela, todo el poder que crees que obtendrás se volverá en tu contra —advirtió Arthur, sin desviar la mirada de la inspectora rebelde—. En el momento en que esos secretos de Estado se liberen, los servicios de inteligencia de la OTAN comprenderán que tú eres la única que tiene la llave para extorsionarlos. No te dejarán vivir para usar esa información. Te convertirás en el objetivo prioritario de todas las agencias del planeta. Estás cavando tu propia tumba en este búnker.
—No si utilizo los fondos privados de la Fundación Victoria para financiar mi desaparición y cambiar de rostro en una clínica privada de Europa del Este —replicó Angela, señalando el escáner óptico con la punta de su cuchillo táctico—. Victoria, acércate a la consola. Es hora de que hagas lo que tu abuelo James debió hacer por mí antes de que vuestro linaje legítimo me condenara a la inexistencia.
Victoria miró a su madre. Sus pequeños ojos oscuros no mostraban miedo, sino una resolución silenciosa que Sarah reconoció con dolor. Sarah le dedicó un leve asentimiento con la cabeza y le susurró al oído:
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—Confía en lo que tu abuelo James dejó escrito, mi amor. Hazlo.
La niña avanzó lentamente por el suelo de hormigón, con los puños apretados, hasta detenerse frente a la fría lente azul del escáner biométrico de la consola.