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El latido de la supervivencia / Chapter 32 / 50

Chapter 32

Capítulo 32: El internado de los Alpes

Cinco años pasaron como un suspiro gris y silencioso. El apellido Vance se convirtió en un mito sepultado en las hemerotecas digitales. Sarah había cambiado su identidad legal y ahora trabajaba como traductora de textos antiguos en Chamonix, un idílico y resguardado pueblo en la frontera franco-suiza. Victoria, a sus nueve años, se había convertido en una niña solitaria pero brillantemente inteligente. Asistía a un prestigioso e internacional internado en lo profundo del valle, financiado por una pensión vitalicia secreta que el gobierno español le otorgó a Sarah por su ayuda en el desmantelamiento del sindicato Nébula.

Arthur Hale vivía en una pequeña cabaña de madera a menos de un kilómetro de distancia. Su cuerpo mostraba las cicatrices de una vida de combate y caminaba apoyado en un bastón de madera oscura, pero sus ojos seguían siendo dos luces analíticas que nunca parpadeaban.

Una tarde de invierno, Arthur entró en la cocina de Sarah sin llamar, sosteniendo una carta oficial con un sello de lacre azul. —Victoria ha recibido una invitación directa para incorporarse al Club de Debate Juvenil de Ginebra —dijo, depositando el sobre sobre la mesa de madera—. Es una anomalía. Ese club solo recluta a menores cuyos padres pertenecen al cinco por ciento de la élite financiera global.

Sarah dejó caer la taza de té que sostenía, rompiéndose el esmalte contra el suelo. —Ella no usa el apellido Vance en la escuela, Arthur. Está registrada bajo el apellido de soltera de mi madre, como Victoria Collins. Nadie en ese colegio conoce su origen.

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—Alguien ha pagado una donación anónima de medio millón de francos suizos a la fundación del internado para tener acceso exclusivo a los expedientes médicos y los registros de nacimiento del archivo central —replicó Arthur, con el rostro ensombrecido—. El ADN no se puede ocultar con un cambio de nombre, Sarah. Alguien en Suiza sabe perfectamente que la herencia genética de James Vance está viva en esa niña.

El pánico, el viejo y conocido monstruo, regresó al estómago de Sarah. Dos horas más tarde, el autobús escolar llegó al pueblo, pero Victoria no bajó de él. En su lugar, el director del internado llamó al teléfono personal de Sarah. Su voz temblaba tanto que apenas era inteligible. —Señora Collins... Lo siento mucho. Dos hombres uniformados con una orden judicial del Tribunal de Menores de Zúrich se han llevado a su hija directamente desde el aula. Presentaron un acta de paternidad legítima internacional y una orden de custodia temporal. No pudimos hacer nada por detenerlos.

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