Chapter 43

Capítulo 43: El búnker de hormigón

La Línea Maginot se alzaba entre los bosques húmedos y cubiertos de niebla de la frontera franco-alemana, un territorio donde los árboles crecían sobre el hormigón agrietado y la maleza silvestre devoraba las antiguas defensas de la guerra. La entrada al búnker del sector norte era una enorme estructura de hormigón armado gris, con una puerta de acero de tres toneladas que mostraba las cicatrices de las décadas y el óxido de la humedad constante del subsuelo.
El viento soplaba entre las ramas desnudas de los robles, produciendo un silbido que parecía un lamento lejano. Arthur, Sarah y Victoria descendieron despacio por la rampa de acceso, con las linternas tácticas iluminando los escalones cubiertos de agua estancada y moho verde. Thomas Hale se había quedado en el exterior, camuflado entre la vegetación del perímetro alto con un rifle de precisión y un transceptor de radio militar acoplado a su oído. Su misión era clara: neutralizar cualquier apoyo externo que Angela Reyes hubiera posicionado en la superficie.
El aire en el interior del búnker era gélido, impregnado de un olor a hierro viejo, tierra húmeda y filtraciones de aceite industrial de los antiguos generadores militares. Las galerías subterráneas se ramificaban en la penumbra como las arterias de un gigante de piedra muerto, resonando con el goteo constante del agua que caía desde el techo abovedado.
—Mantente cerca de mí, Victoria —susurró Arthur, apoyando su bastón con cuidado en las baldosas agrietadas del túnel de acceso. El sonido de su apoyo era el único eco en la inmensidad del silencio subterráneo.

Tras caminar casi trescientos metros por el corredor principal, llegaron a lo que en su día fue la sala de mando y comunicaciones del sector fortificado. De repente, una serie de reflectores halógenos modernos instalados en el techo de hormigón se encendieron con un zumbido eléctrico, inundando la sala con una luz blanca y cegadora que los obligó a cubrirse los ojos.
En el centro de la enorme sala circular, rodeada de bastidores de servidores informáticos portátiles que zumbaban con fuerza bajo el control de cables de fibra óptica temporales, estaba Angela Reyes. Vestía una gabardina militar de color oliva oscuro, guantes de cuero negro y sostenía un detonador de radiofrecuencia en la mano derecha con una tranquilidad espeluznante.
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A su lado, tres mercenarios de aspecto profesional, equipados con chalecos tácticos, gafas de visión nocturna y subfusiles alemanes con silenciador incorporado, mantenían las armas levantadas, apuntando directamente al pecho de Arthur.
—Bienvenidos a la celebración de la herencia, pequeña Victoria —dijo Angela Reyes. Su voz, carente de toda calidez humana, resonó en la bóveda de hormigón con una autoridad que ponía los pelos de punta—. Llegas justo a tiempo para soplar las últimas velas del legado de tu abuelo James.