Chapter 34

Capítulo 34: El pacto de Zúrich

La propuesta de Ian cayó como un bloque de hielo en la sala. Sarah sintió una náusea profunda ante la frialdad con la que el joven hablaba de su hija como si fuera una simple transacción mercantil.
—Estás demente —escupió Sarah, avanzando con paso firme hacia el sofá para arrancar a Victoria del agarre de Ian—. Ella es solo una niña. No vas a usarla para revivir los crímenes de tu familia.
—Una niña que legalmente posee la mitad de los activos inmobiliarios corporativos de Europa central, querida tía —sonrió Ian, sin perder la calma corporativa—. Si te niegas a firmar el acuerdo de compromiso, mis abogados iniciarán mañana mismo un proceso de demanda por la custodia total de Victoria en los tribunales de Zúrich. Alegaremos que su entorno familiar actual es inestable, que vive bajo la influencia de un exmilitar inestable como el señor Hale y que carece de los recursos para su educación. Tengo a tres de los principales jueces del tribunal de menores en mi nómina mensual. ¿Quieres pasar los próximos diez años de tu vida huyendo de la ley internacional o prefieres que lleguemos a un acuerdo beneficioso?
Arthur miró a Ian y luego a los cuatro guardias posicionados en las esquinas del salón. Sabía que iniciar una pelea en este terreno era una sentencia de muerte para los tres. —Nos llevamos a la niña hoy mismo —dijo Arthur, con una voz de acero—. Tienes nuestros contactos. Los abogados revisarán tu propuesta.
Ian asintió con una reverencia burlona. —Por supuesto. Tienen exactamente cuarenta y ocho horas para devolver el documento firmado. Si intentáis salir de Suiza, el tribunal emitirá una orden de arraigo y una alerta roja de la Interpol por secuestro de menores. La ley está de mi lado esta vez, Arthur.
Durante el viaje de regreso a la cabaña bajo la nieve, el silencio era tan denso que se podía escuchar la respiración de Victoria en el asiento trasero. La niña miró a Sarah a través del espejo retrovisor. —Mamá... Ese chico tenía un reloj de bolsillo de oro que pertenecía al abuelo James —dijo la niña con voz tranquila—. Me lo mostró mientras os esperaba. Dijo que el abuelo había dejado un grabado secreto para mí en la maquinaria interior.
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Sarah se giró en el asiento del copiloto, con el corazón acelerado. —¿Qué grabado, Victoria? ¿Qué te dijo?
—Dijo una frase en latín: “La sangre siempre vuelve a la tierra”.