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El latido de la supervivencia / Chapter 31 / 50

Chapter 31

Capítulo 31: Las huellas en la arena

El viento del norte de España rugía con una violencia inusitada, arrastrando la espuma del mar hacia el porche de la casa de piedra en Galicia. Arthur Hale permanecía de pie en el umbral, con la linterna táctica iluminando el objeto que descansaba sobre la roca negra. El agua salada aún goteaba del metal plateado.

Con un gemido sordo debido al dolor crónico de su pierna, Arthur se agachó para recogerlo con un pañuelo. —No es el anillo de Angela —dijo en voz baja, con la mandíbula tensa. Su voz competía con el estruendo de las olas—. Míralo bien, Sarah. La inscripción interior tiene las iniciales J.V. II.

Sarah sintió un golpe helado en el pecho, un impacto físico que le quitó el aire. Julián Vance Segundo. No se refería al hermano de su difunto esposo, sino a una línea de sangre oculta. Julián había engendrado un hijo en secreto antes de su supuesta muerte en los Alpes franceses; un heredero varón criado en las sombras del dinero negro con un solo propósito en la vida: reclamar las cenizas del imperio que su padre no pudo conservar.

Minutos después, la inspectora federal encargada del caso provisional, la inspectora Vega, llegó escoltada por dos agentes locales. Su rostro reflejaba el agotamiento de una larga noche de papeleo forense tras el colapso del acantilado. —El cuerpo de Angela Reyes ha aparecido tres kilómetros al sur, encallado en las rocas de la playa de Doniños —informó Vega, ajustándose el abrigo empapado—. El mar la destrozó, Sarah. La autopsia preliminar es concluyente; el impacto y el ahogamiento la mataron antes de que pudiéramos intervenir. Está muerta. Esta vez no hay trucos.

—¿Y las huellas que suben desde la cala hacia la línea del bosque? —preguntó Sarah, señalando el rastro difuminado por la lluvia torrencial.

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La inspectora Vega suspiró, descartando la idea con un gesto de la mano. —Mariscadores furtivos, probablemente. Es una zona común para el contrabando local. Podéis estar tranquilas. Los fondos del protocolo MAD se han disuelto de los servidores internacionales de forma irreversible. Ya no hay dinero que robar en las cuentas de la fundación. El Imperio Vance es historia.

Sarah no respondió. Miró hacia la sala de estar, donde la pequeña Victoria, que ya tenía cuatro años, jugaba en el suelo intentando levantar el pesado bastón de Arthur. Tenía la edad perfecta para empezar una infancia normal, lejos de los chalecos antibalas y los coches blindados. Pero Sarah sabía, con la certeza que da el miedo, que esas huellas en la arena no pertenecían a ningún mariscador. El lobo de los Vance había cambiado de piel, pero el rastro de la sangre seguía fresco.

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