Chapter 33

Capítulo 33: El heredero legítimo

La ventisca golpeaba con fuerza el parabrisas de la furgoneta mientras Arthur conducía por las carreteras heladas que conducían a las afueras de Zúrich. La dirección estipulada en la orden de custodia no llevaba a una oficina del gobierno, sino a una fortaleza medieval del siglo XIV, restaurada y convertida en la sede de un banco privado suizo de extrema exclusividad.
Los guardias de la entrada, vestidos con trajes oscuros y armados con pistolas semiautomáticas holgadas bajo las chaquetas, los dejaron pasar sin decir una palabra, como si esperaran su llegada.
Al entrar en el gran salón de piedra, Sarah sintió que el corazón le daba un vuelco. En el centro de la sala, sentada en un enorme sofá de cuero frente a una chimenea monumental, estaba Victoria. La niña estaba ilesa, leyendo un libro de historia con total tranquilidad, ajena a la tormenta exterior. Frente a ella, de pie junto al fuego, un joven de no más de veinticuatro años los observaba con una copa de vino tinto en la mano. Tenía los rasgos afilados, el cabello oscuro perfectamente peinado y los ojos vacíos e idénticos a los de Julián Vance.
—Buenas noches, tía Sarah —dijo el joven con una voz suave, pausada y un acento aristocrático impecable—. Lamento las molestias del viaje. Soy Julián Vance hijo. Aunque en los círculos financieros prefieren llamarme Ian.
Arthur dio un paso al frente, apretando el puño sobre la empuñadura de su bastón, la cual ocultaba una hoja de acero templado. Los mercenarios de la sala no se movieron, pero sus posturas se volvieron agresivas.

—Tu padre murió aplastado en el colapso de la mina de Cardona —dijo Sarah, colocándose físicamente entre el joven e Ian, bloqueando la línea de visión hacia su hija.
—Mi padre era un hombre de métodos toscos y violentos, tía Sarah —respondió Ian, dejando la copa sobre la repisa de la chimenea—. Él quería el dinero para gastarlo en su propio beneficio. Yo soy diferente. Yo quiero el nombre. Quiero la legitimidad de la dinastía. La disolución de las cuentas que ejecutaste hace cinco años con el protocolo MAD solo destruyó el dinero líquido. Pero las propiedades físicas del Imperio Vance, los viñedos históricos en Francia, los terrenos de la Toscana y las patentes de tecnología industrial siguen existiendo en un limbo legal aquí en Suiza. Al ser yo el único varón biológico vivo con el apellido Vance, la legislación helvética me reconoce el derecho preferente a la sucesión total... a menos que Victoria reclame su parte al cumplir la mayoría de edad.
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Ian caminó lentamente hacia el sofá y apoyó una mano en el hombro de Victoria. La niña levantó la vista, mirándolo con una curiosidad analítica, sin mostrar un ápice de miedo.
—He traído a mi prima aquí para ofrecerte una solución elegante, Sarah —continuó Ian, mirándola fijamente—. Un compromiso formal. Un matrimonio de conveniencia social entre Victoria y yo cuando ella cumpla los dieciocho años, unificando legalmente las dos ramas de la familia Vance. De ese modo, el imperio resucitará con más fuerza que nunca y sin necesidad de derramar una sola gota de sangre.