Chapter 37

Capítulo 37: La ley del viñedo

Ian caminó con total tranquilidad hacia el pedestal de terciopelo, apartando a Sarah de un empujón brusco. Tomó los estatutos originales y la carta de James, revisándolos con una sonrisa de satisfacción criminal.
—Con estos documentos bajo mi control, el juicio por la custodia en Zúrich ya no será necesario —dijo Ian, sacando un encendedor de oro macizo de su bolsillo—. Un pequeño e imprevisto incendio en esta bodega vieja, tres cuerpos calcinados por una desafortunada fuga de gas industrial debido al abandono de las instalaciones, y yo pasaré a ser el único heredero legítimo de los Vance por defecto absoluto de ley. Nadie dudará de la tragedia.
Arthur Hale dio un paso al frente, apoyando con fuerza su bastón de madera contra el suelo de piedra. Su rostro no mostraba miedo, sino una calma fría y militar.
—Eres la copia exacta de tu padre, Ian. Un clon con ambición y un traje caro. Pero cometiste el mismo error que él: subestimar a los que trabajamos en la sombra. Olvidaste una lección fundamental que James me enseñó sobre esta finca.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es esa lección, viejo tullido? —se burló Ian, acercando la llama del encendedor a los papeles.
—Esta bodega no tiene conexiones de gas —dijo Arthur con una sonrisa gélida—. Es una bodega de fermentación carbónica cerrada. El subsuelo está conectado directamente a los tanques de almacenamiento de dióxido de carbono líquido para la conservación de las cosechas antiguas. Y el sistema de flujo está automatizado.
Con un movimiento rápido del pulgar, Arthur presionó un pequeño interruptor camuflado en la empuñadura de su bastón. No era un arma blanca; era un emisor de radiofrecuencia industrial de corto alcance conectado a los relés de la finca.
¡Clang! Las pesadas compuertas de hierro reforzado de la entrada de la bodega se cerraron de golpe, cayendo por su propio peso y bloqueando la salida. Al mismo tiempo, un zumbido sordo comenzó a vibrar en las tuberías del techo. Los extractores comenzaron a inyectar masivamente el gas $CO_2$ acumulado en los tanques del subsuelo hacia el interior de la sala.
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Los mercenarios de Ian comenzaron a toser de inmediato, llevándose las manos al cuello al sentir cómo el oxígeno desaparecía del aire que respiraban.
—¡Abran las puertas! ¡Disparad a las cerraduras! —gritó Ian, perdiendo por completo la compostura aristocrática. Los guardias abrieron fuego contra las planchas de hierro, pero las balas rebotaron con un silbido peligroso, hiriendo a uno de ellos en la pierna.