Chapter 46

Capítulo 46: El colapso del búnker

La sala de mando se sumió en un caos absoluto. Angela Reyes, consumida por una rabia animal al ver cómo su moneda de cambio internacional se desvanecía en los servidores del satélite, levantó su pistola táctica directamente hacia la cabeza de Arthur. —¡Hijo de perra! —gritó, con la voz rota por la locura corporativa—. ¡Lo sabías desde el principio!
Antes de que pudiera presionar el gatillo, un estallido ensordecedor rompió el cristal de seguridad de la sala de mando.
¡Pum!
La bala, disparada con una precisión quirúrgica desde el exterior de la galería por el rifle de precisión de Thomas Hale, atravesó el hombro del mercenario principal de Angela, derribándolo sobre los terminales de los servidores. El impacto provocó una ráfaga de chispas eléctricas y el estallido de varios condensadores que comenzaron a arder, llenando la sala con un denso humo negro con olor a plástico quemado.
—¡Fuego de cobertura! —gritó el segundo mercenario, abriendo fuego a ciegas hacia la oscuridad del pasillo de acceso.

Arthur reaccionó con la velocidad de un felino a pesar de su pierna herida. Se abalanzó sobre el tercer guardia, utilizando el extremo reforzado de su bastón de acero para golpearle la muñeca y obligarle a soltar el subfusil. Los dos hombres rodaron por el suelo de hormigón de la sala de mando, forcejeando entre el humo que se espesaba a cada segundo.
Sarah agarró a Victoria de la mano y corrió hacia el túnel de evacuación de la galería este, el sector de ventilación que James había marcado en el mapa como la salida de emergencia del búnker. Las balas de los atacantes rebotaban en las paredes de hormigón viejo, desprendiendo trozos de piedra y polvo que caían como granizo sobre sus cabezas.
Angela Reyes, viendo que la transmisión del satélite continuaba de forma automática a pesar de los daños en la sala, disparó repetidamente contra las unidades centrales de los servidores portátiles, desatando una serie de explosiones eléctricas secundarias que aceleraron el colapso de la vieja red del búnker.
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Las alarmas del sistema de defensa de la Línea Maginot comenzaron a sonar por todo el subsuelo, un pitido agudo y discontinuo que alertaba del peligro inminente de derrumbe estructural. El hormigón, debilitado por más de sesenta años de humedad y filtraciones de agua ácida, comenzó a resquebrajarse bajo las vibraciones de las detonaciones de los generadores.
—¡La estructura está cediendo! ¡Tenemos que salir de aquí ya! —gritó Thomas, entrando en la sala con el rifle de asalto levantado para cubrir la retirada de Arthur.