Chapter 30

Capítulo 30: El latido en el acantilado

Los hombres de Angela derribaron la puerta principal de madera con un ariete.
Arthur abrió fuego desde la cocina, utilizando su última pistola de servicio, conteniendo el avance en el pasillo estrecho. El sonido de los disparos rompió la paz del mar gallego.
Sarah, cargando a Victoria, corrió hacia la puerta trasera que daba al acantilado sobre el océano. La lluvia caía con fuerza, empapando sus ropas mientras el viento del Atlántico rugía con furia.
Al llegar al borde del precipicio, una figura bloqueó su camino. Vestía una gabardina negra empapada por la lluvia. Su cabello oscuro estaba recogido en una coleta perfecta. Angela Reyes sostenía una tableta electrónica en una mano y una pistola en la otra.
—Fin del camino, Sarah —dijo Angela, dando un paso al frente. Las olas rompían con violencia contra las rocas quince metros más abajo—. Dame la confirmación biométrica. Hazlo por tu hija.
Sarah miró la tableta, luego el rostro de la mujer que compartía la sangre de su difunto esposo. Sacó el diario de James de su abrigo y colocó el pulgar sobre el chip oculto en el forro.
—Tu padre te dejó un mensaje en este diario, Angela —dijo Sarah, con la voz firme a pesar del viento—. Dijo que el apellido Vance estaba maldito por la codicia. Y yo voy a romper la maldición hoy.
—¿Qué estás haciendo? —Los ojos de Angela se abrieron con pánico al ver el dispositivo en el diario.
—Rompiendo el tablero —respondió Sarah.
Presionó el botón. La tableta de Angela comenzó a parpadear en rojo antes de apagarse por completo. Los fondos de Nébula, los miles de millones del imperio Vance, desaparecieron de la existencia virtual en un segundo. Angela Reyes ya no tenía poder, ni dinero para pagar a sus mercenarios, solo una orden de captura internacional pisándole los talones.
La cara de Angela se transformó en una máscara de odio puro. Levantó el arma directo a la cabeza de Sarah. —¡Te irás al infierno conmigo!
¡Pum!
Un disparo resonó sobre el acantilado, mezclándose con el trueno de la tormenta.
Angela tambaleó, mirando su pecho, donde una mancha roja comenzaba a extenderse sobre su gabardina. Se giró lentamente. Arthur, apoyado en el marco de la puerta trasera, sangrando por el hombro pero con el arma levantada, había disparado su última bala.
Angela perdió el equilibrio en el borde del acantilado de piedra resbaladiza. Con un grito ahogado, cayó hacia el vacío, desapareciendo en las aguas turbulentas y oscuras del océano Atlántico.

La tormenta cesó horas después, dejando paso a una neblina densa sobre la costa de Galicia. La policía local y las ambulancias llenaban el jardín de la casa destruida. Los mercenarios de Nébula habían huido al quedarse sin empleador.
Arthur fue subido a una camilla, exhausto pero vivo. Thomas estaba a su lado, sosteniéndole la mano.
Sarah caminó hacia la orilla del acantilado, con Victoria tomada de la mano. El diario de James Vance se había perdido en la caída de Angela, flotando en algún lugar del mar. Ya no tenían fortuna, ni protección oficial, ni un imperio que reclamar. Eran solo una madre y una hija con lo puesto.
Victoria miró hacia el océano, donde los barcos de salvamento buscaban el cuerpo de Angela sin éxito en medio de la niebla.
—¿Mamá? —preguntó la pequeña, tirando del abrigo de Sarah—. ¿Ya estamos a salvo?
Sarah se arrodilló en la hierba mojada y abrazó a su hija, escuchando el latido fuerte, rítmico y terco de la niña contra su oído. Miró la niebla del mar, que ocultaba el horizonte por completo.
—Sí, mi amor. Hoy estamos a salvo —susurró Sarah.
Pero mientras lo decía, los ojos de Sarah se fijaron en la playa de abajo.
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Cerca de las rocas donde Angela había caído, las huellas de unos zapatos mojados salían del agua, marcando la arena en dirección al bosque cercano. Sobre una de las piedras más grandes, brillaba un objeto plateado abandonado por el mar: la réplica del anillo con el escudo de la familia Vance.
Sarah apretó el agarre de la mano de Victoria, sintiendo el frío del viento. El imperio había muerto, los secretos habían sido revelados, pero en la niebla del Atlántico, el juego de la sucesión parecía no haber cerrado su última página.