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El latido de la supervivencia / Chapter 49 / 50

Chapter 49

Capítulo 49: El amanecer de la libertad

Tres meses después del colapso del búnker en Alsacia, la Dirección de la Europol en París emitió un comunicado oficial que confirmaba la desactivación total e irreversible de todas las ramificaciones financieras e informáticas del sindicato criminal Nébula. Angela Reyes fue declarada legalmente desaparecida y presumiblemente fallecida en el derrumbe de las fortificaciones de la Línea Maginot, al no encontrarse ningún rastro de supervivencia tras las excavaciones de rescate militar llevadas a cabo en la zona de Alsacia. Sus principales socios comerciales en Ginebra, Zúrich y Milán fueron arrestados en una serie de redadas coordinadas por los servicios federales.

El apellido Vance se borró definitivamente de todos los registros de sociedades y fundaciones del planeta. Sarah Collins, que había adoptado de forma legal y definitiva su apellido de soltera para ella y para su hija, se mudó a una pequeña y modesta cabaña de pescadores en la remota costa de Cornualles, Inglaterra. Era un lugar pintoresco, caracterizado por sus acantilados grises de piedra caliza, la lluvia constante del Atlántico norte y una paz que Sarah no recordaba haber experimentado en toda su vida adulta.

Arthur Hale vivía en una pequeña construcción de piedra situada en el mismo muelle del puerto de pescadores. Pasaba sus mañanas ayudando a los marineros locales a reparar las redes de pesca y a mantener los motores de las embarcaciones, disfrutando de un retiro silencioso que su pasado en las fuerzas especiales nunca le había permitido imaginar. Thomas Hale había decidido regresar a su pequeña granja en Galicia, con la certeza de que el peligro ya no acechaba en los bosques españoles.

Victoria, que ya caminaba hacia los once años, se había adaptado con facilidad a la vida en la escuela rural del pueblo costero. Caminaba cada tarde por los senderos altos de los acantilados de Cornualles, con su mochila de libros al hombro y el cabello revuelto por el viento del Atlántico.

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Sarah la observaba desde el porche de madera de la casa de pescadores, con una taza de café caliente entre las manos y una sonrisa de paz que iluminaba su rostro. —¿De verdad crees que la tormenta ha pasado para siempre, Arthur? —preguntó Sarah, sin desviar los ojos de la figura de su hija en el horizonte de los acantilados.

Arthur sonrió despacio, apoyando con ligereza su mano sobre su bastón de madera, el cual ya no ocultaba ninguna hoja de acero en su maquinaria interior. —El tablero de James Vance se ha roto por completo, Sarah —respondió—. Ya no quedan piezas que mover en Suiza, ni peones que proteger en América. Habéis destruido su herencia de sombras. Sois libres por primera vez en vuestras vidas.

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