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Chapter 11

Chapter 11: La red de complicidades

La firma de Richard Vale al pie de aquel acuerdo de confidencialidad de 1994 no era un error de imprenta ni una coincidencia desafortunada. Era la prueba irrefutable de que el poder económico no conoce de bandos cuando se trata de proteger un patrimonio conjunto.

El silencio en el despacho de Maya Chen era tan denso que se podía escuchar el chisporroteo del fluorescente del techo. Rebecca mantenía los ojos fijos en la firma estilizada, trazada con la misma pluma estilográfica que su padre usaba para firmarle las felicitaciones de cumpleaños.

—¿Papá pagó para callar a una víctima de Malcolm? —preguntó Rebecca, con la voz rasgada.

—No directamente a la víctima —aclaró Maya, repasando los anexos bancarios adjuntos al expediente de la caja de seguridad—. La empresa matriz de tu padre financió una operación inmobiliaria a través de una sociedad pantalla. Parte de ese capital se desvió en concepto de «gastos de asesoría» para liquidar un acuerdo extrajudicial. Tu padre no firmó la agresión; firmó la ingeniería financiera que la hizo desaparecer.

Rebecca se levantó de la silla. La tripa de casi veintiocho semanas le pesaba, pero el verdadero lastre era la náusea moral que le recorría el esófago.

—Iba a preguntarle por las cuentas de Trevor... y resulta que él ya estaba en la misma cama que los Harlan antes de que yo naciera.

—Aún no sabemos si Richard conocía el destino exacto de esos fondos —intervino la agente Ortiz desde la esquina de la mesa—. Pero esto cambia la estrategia. Malcolm Harlan no solo está protegiendo a su hijo; está recordando a tu padre que, si cae la familia Harlan, el escándalo salpicará a la Fundación Vale.

Aquella misma tarde, Rebecca citó a Richard en el piso tutelado. Sin rodeos, puso la copia fotostática del acuerdo de 1994 sobre la mesa de pino del salón provisional.

Richard miró el documento. Su rostro, habitualmente impenetrable, no mostró sorpresa. Solo una profunda fatiga.

—Ese acuerdo salvó la compañía, Rebecca —dijo él, sin elevar el tono—. Malcolm amenazaba con paralizar el proyecto del puerto seco si no le cubríamos la espalda. Yo no sabía los detalles de lo que había hecho en aquel hotel de Sevilla.

—¿Y no preguntaste? —le espetó Rebecca—. ¿No preguntaste por qué una mujer pedía trescientos mil euros para no presentar una denuncia en el juzgado de guardia?

—Eran otros tiempos. Las empresas funcionaban así.

—¡Eran otros tiempos para vosotros! —gritó Rebecca. Emma, que jugaba con unos bloques en la habitación contigua, soltó un llanto corto al oír la voz de su madre. Rebecca tomó aire y bajó el tono, temblando—. Para la mujer que recibió la paliza no eran otros tiempos. Para la madre de Trevor no lo eran. Y para mí tampoco.

—Yo no sabía que Trevor saldría como su padre —dijo Richard, dando un paso hacia ella—. Si lo hubiera sabido, jamás habría permitido ese matrimonio.

—Lo sabías perfectamente —susurró Rebecca—. Por eso me obligaste a firmar las capitulaciones. No para protegerme a mí de él, sino para proteger tus empresas si todo esto saltaba por los aires. Nos usaste a todos como escudos humanos.

Richard no contestó. Por primera vez en su vida, el gran magnate se quedó sin replica ante su propia hija.

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A última hora de la noche, la inspectora Morris llamó a Maya. La policía había rastreado la llamada con la que Marianne había intentado pedir auxilio antes de su desaparición. La señal de la antena de telefonía móvil no procedía de ninguna clínica privada de reposo, sino de una zona industrial a las afueras de Toledo, cerca de una finca registrada a nombre de una sociedad instrumental de los Harlan.

El cerco judicial se estrechaba, pero la máquina de guerra de la familia de Trevor acababa de activar su siguiente engranaje.

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