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Chapter 13

Chapter 13: La sombra de Toledo

Dos días después de la resolución de la Audiencia Provincial, la policía obtuvo la autorización para registrar la finca de Toledo vinculada a las sociedades de Malcolm Harlan.

La inspectora Morris permitió que Maya estuviera presente en el perímetro como letrada personada en las diligencias de averiguación de paradero de Marianne. Rebecca insistió en acompañarla, esperando en el interior del coche de la policía judicial a unos cientos de metros de la verja de entrada.

La propiedad, conocida como «El Encinar», era una enorme parcela rodeada por muros de piedra y rematada con alambre de espino. Una casona manchega reformada se alzaba en el centro de la finca.

El registro duró casi cuatro horas.

Cuando la inspectora Morris salió por la puerta principal, su rostro reflejaba que algo se había torcido. Caminó hacia el vehículo donde esperaba Rebecca.

—¿Está allí? —preguntó Rebecca, bajando la ventanilla.

—Estuvo aquí —contestó Morris, quitándose la gorra para secarse el sudor de la frente—. Hemos encontrado ropa de su talla en uno de los dormitorios de la planta baja y envases de medicación para la tensión a su nombre. Pero se la llevaron anoche.

—¿A dónde?

—El guarda de la finca dice que un vehículo sanitario privado vino a recogerla a las tres de la madrugada. Presentó un documento firmado por un facultativo que autorizaba su traslado por una «crisis demencial aguda».

—Es mentira —intervino Maya, bajando del coche—. Marianne no tiene ningún proceso neurodegenerativo. Todo esto es una maniobra para privarla de la capacidad de obrar antes de que pueda declarar ante el juez instructor sobre la caja de seguridad.

—Estamos rastreando la ambulancia y la clínica receptora —dijo la inspectora—. Pero los Harlan juegan con ventaja administrativa. Tienen médicos afines que firman lo que les pidan a cambio de aportaciones a sus fundaciones de investigación.

Esa misma noche, Rebecca recibió una llamada desde un número oculto en su móvil secundario, el que solo tenían la policía y el centro de acogida.

Dudó antes de descolgar.

—¿Sí?

—Rebecca.

Era la voz de Trevor. Se escuchaba con nitidez, sin ruido de fondo, como si estuviera llamando desde un lugar cerrado y silencioso.

—Trevor. Estás vulnerando la orden de alejamiento. Esta llamada se está grabando.

—Que la graben —dijo él, con una tranquilidad espeluznante—. Me da igual. Solo quiero que sepas que mi madre está bien cuidada. Está donde nadie podrá volver a utilizarla para atacar a mi familia.

—Tu familia éramos Emma y yo —respondió Rebecca, apretando el auricular contra su oreja—. Tú la destruiste esa tarde.

—Tú trajiste a tu padre a nuestra casa, Rebecca. Tú metiste a los abogados en el dormitorio de nuestra hija. Si le pasa algo a mi madre por el estrés de todo este circo, la culpa será tuya. Igual que lo del diente. Igual que todo lo demás.

—No voy a retirar los cargos, Trevor.

Se hizo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio helado, idéntico al que precedía a los golpes en el salón de la casa.

—No sabes lo que estás haciendo —susurró él—. Mi padre tiene expedientes de tu familia que se remontan a treinta años atrás. Si tú hundes mi vida, yo me aseguraré de que tu hijo nazca en medio de la ruina de tu padre. Piensa si te conviene que tu segundo bebé venga al mundo sin un duro en la cuenta de su abuelo.

Trevor colgó antes de que ella pudiera responder.

Rebecca dejó el teléfono sobre la mesa. Le temblaba la mano, pero esta vez la descarga de adrenalina no la paralizó. Se levantó, caminó hacia la cuna de Emma, que dormía plácidamente, y le colocó la manta sobre los hombros.

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El bebé en su vientre volvió a dar una patada.

—Ya falta poco —le susurró Rebecca a la tripa—. Esta vez no nos vamos a callar.

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