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Chapter 4 - Los archivos del desván

La fotografía se había tomado seis meses antes. Rebecca estaba acurrucada junto a la bañera con un albornoz. Un bote de pastillas amarillo yacía cerca de su mano. La imagen sugería una sobredosis, un desmayo o una negligencia.

La verdad era menos dramática, pero igual de dolorosa. Había sufrido un ataque de pánico después de que Trevor la encerrara en el baño durante una discusión. Cuando él se fue, se tomó una dosis del ansiolítico que le había recetado su ginecólogo durante el posparto anterior y se quedó sobre la baldosa fría hasta que pudo respirar con normalidad.

Emma dormía en su cuna. Trevor había fotografiado a Rebecca a través de la puerta entreabierta. Nunca le había mencionado esa foto.

El bote de pastillas de la imagen estaba de pie, con la etiqueta orientada hacia la cámara.

Maya estudió los detalles. —Esto parece preparado. —Ocurrió. —Que algo ocurra y que alguien prepare cómo debe recordarse son cosas distintas.

La demanda de Trevor contenía más cosas. Una declaración de su hermana, Caroline, describía a Rebecca como una persona inestable y dependiente de su padre. Una antigua empleada del hogar decía que Rebecca a veces se quedaba en la cama hasta mediodía. Trevor incluía mensajes de texto en los que Rebecca escribía que tenía ganas de desaparecer.

El mensaje se había enviado durante una depresión posparto, once meses después del nacimiento de Emma. Trevor había omitido su propia respuesta: Deja de ser tan dramática.

A la que seguía la réplica de Rebecca: Tienes razón. Olvídalo.

El juzgado señaló fecha para la vista de medidas provisionales. Hasta entonces, la orden de alejamiento impedía a Trevor ver a Rebecca, pero el juzgado de familia debía determinar si podía tener contacto con Emma y de qué manera.

Maya aconsejó a Rebecca que obtuviera sus informes médicos completos. —No los maquille —dijo—. Si tuvo depresión posparto, lo abordaremos. Recibir tratamiento de salud mental no incapacita a nadie como madre. Ocultarlo sí puede hacerla parecer poco sincera.

Rebecca firmó las autorizaciones para su ginecólogo, su terapeuta y su médico de cabecera. Los informes reflejaban que había consultado por ansiedad e insomnio tras el parto. También mostraban que había seguido las pautas, acudido a las citas y jamás había expresado ideas de hacer daño a Emma.

Una nota de enfermería la inquietó: La paciente refiere hematoma en brazo derecho producido al chocar con el marco de una puerta cargando un cesto de la ropa.

Rebecca recordaba los dedos de Trevor. La había agarrado porque se negó a cancelar un almuerzo con Richard. Le había mentido a la enfermera. Corregir la mentira ahora no cambiaría la anotación antigua. Crearía un nuevo testimonio sujeto a revisión.

Maya organizó una comparecencia para que Rebecca prestara declaración detallada ante los investigadores en presencia de su letrada. Rebecca describió el moratón del brazo, la puerta rota de la habitación de la niña, la conducción temeraria, el control financiero y cómo Trevor escuchaba detrás de la puerta durante sus sesiones de terapia online.

—¿Por qué no contó esto en su momento? —preguntó la agente Ortiz. —Porque cada incidente parecía pequeño cuando terminaba. —¿Trevor la amenazó alguna vez con matarla? —No. —¿La amenazó con quitarle a Emma? —Sí. —¿Qué le dijo? —Que ningún juez le daría una hija a una mujer que no sabía valerse sin el dinero de su padre. —¿Mencionó tener pruebas?

Rebecca miró la fotografía del suelo del baño. —Dijo que tenía pruebas de cómo era yo en realidad.

La policía solicitó autorización judicial para examinar los dispositivos y cuentas en la nube de Trevor en busca de pruebas de la agresión, vigilancia no autorizada y posibles delitos socioeconómicos. Las órdenes tenían un ámbito limitado y requerían indicios fundamentados. Los abogados de Richard no podían simplemente exigir el acceso.

La vivienda familiar seguía precintada. Se permitió a Rebecca regresar con escolta policial para recoger ropa, informes del embarazo, la manta favorita de Emma y enseres personales indispensables.

Entró acompañada de un agente y de una trabajadora social. El salón azul claro estaba limpio. La sangre había desaparecido. Los cojines del sofá estaban colocados. Solo quedaba una leve marca en la moqueta donde había caído el trozo de diente.

El cuerpo de Rebecca recordó antes que su mente. Le flaquearon las rodillas. La trabajadora social le preguntó si quería salir. —No.

Recogió la ropa de Emma de su habitación. Dentro de la máquina de ruido blanco de la cómoda, algo sonaba suelto. Rebecca la desenchufó y se la enseñó al agente.

Le habían hecho una ranura a la carcasa trasera de plástico. Dentro había una tarjeta de memoria.

Rebecca se la quedó mirando. —Yo no he puesto eso ahí.

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El agente no la introdujo en ningún ordenador. El aparato y la tarjeta fueron fotografiados, empaquetados y remitidos al laboratorio de la policía científica.

Antes de salir, Rebecca abrió el armario de la niña. Detrás de una pila de cajas de pañales había un disco duro negro con una etiqueta: ARCHIVO FAMILIAR. Una tira de cinta de carrocero en el lateral llevaba la letra de Trevor: GUARDAR HASTA QUE R. SE ROMPA.

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