Chapter 15

Chapter 15: La maniobra del fiscal

La investigación penal se unificó en el Juzgado de Violencia sobre la Mujer número tres de Madrid. La jueza instructora acordó acumular las diligencias por las lesiones, la violencia de género continuada, el control telemático no autorizado y los delitos socioeconómicos en un único procedimiento abreviado.
Trevor fue citado de nuevo a prestar declaración en calidad de investigado por la totalidad de los cargos.
El ambiente en el juzgado era tenso. Malcolm Harlan no acudió en persona, pero envió a su propio equipo legal para vigilar la declaración de su hijo.
Rebecca esperó en una sala reservada para víctimas junto a la agente Ortiz. A través de la ventana translúcida de la puerta, vio llegar a Trevor. Vestía un abrigo oscuro, caminaba rígido y llevaba la cara desencajada. La presión mediática y el avance imparable de la investigación judicial habían empezado a hacer mella en su fachada de hombre invulnerable.
La declaración duró tres horas.
Trevor se acogió a su derecho a contestar únicamente a las preguntas formuladas por su letrada, negándose a responder al fiscal y a Maya Chen.
Alegó que las grabaciones telefónicas habían sido manipuladas por peritos contratados por el grupo de Richard Vale. Sostuvo que el dinero transferido a Luxemburgo respondía a inversiones legítimas acordadas verbalmente con Rebecca y afirmó que la herida en el labio y la rotura del diente de su esposa ocurrieron cuando intentó arrebatarle el móvil en medio de un «episodio de histeria» de ella.
Sin embargo, el fiscal tenía un último elemento preparado.

—Con la venia de la Presidencia —dijo el fiscal Nia Brooks—, solicitamos que se exhiba al investigado el informe pericial del laboratorio de la Policía Científica sobre el dispositivo de grabación hallado en el tabique de la habitación de la menor.
El fiscal desplegó un folio con el análisis espectrográfico de la voz.
—Los peritos ratifican de forma categórica que la pista de audio captada la noche de los hechos no presenta cortes, alteraciones ni inserciones digitales de ningún tipo. La voz que dice «Mira lo que me has obligado a hacer» veintiún segundos antes de que el señor Richard Vale picara a la puerta pertenece indubitadamente al investigado.
Trevor miró el documento sobre la mesa. Su abogada intentó intervenir para presentar una protesta formal, pero él la interrumpió levantando una mano.
Sus ojos estaban fijos en la firma del perito policial.
—Estaba estresado —dijo de pronto Trevor, rompiendo la estrategia de silencio que le había pautado su letrada.
—Trevor, no respondas —le advirtió su abogada rápidamente.
—¡Estaba estresado! —reiteró él, elevando el tono de la voz en la pequeña sala de declaraciones—. Ella no paraba de presionarme con las cuentas. Su padre me miraba por encima del hombro cada vez que venía a comer a casa. Yo solo quería mantener a flote la familia.
—¿Mantiene que la agresión fue fortuita? —preguntó la jueza instructora, fijando su mirada en él.
Trevor tragó saliva. La rabia que llevaba contenida durante meses pareció desbordarse por un instante en sus facciones.
—Ella sabía perfectamente qué botones tocar para hacerme perder el control. Lo hizo a propósito. Sabía que su padre venía de camino y provocó la discusión para que él entrara en ese preciso momento.
La jueza tomó nota en silencio en la pantalla de su ordenador.
Aquella declaración espontánea invalidaba definitivamente la tesis del choque accidental. Trevor acababa de admitir implícitamente la agresión, intentando de nuevo desplazar la responsabilidad sobre la víctima.
Al terminar la comparecencia, la jueza elevó la fianza impuesta a Trevor para mantener su libertad provisional a doscientos mil euros y le apercibió expresamente con el ingreso en prisión preventiva si se producía cualquier nuevo intento de comunicación directa o indirecta con Rebecca o con los testigos de la causa.
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Cuando salió de la sala, Trevor pasó a escasos metros del habitáculo donde estaba Rebecca. Sus miradas se cruzaron a través del cristal unidireccional.
Él no podía verla, pero Rebecca sí le vio a él. Y por primera vez en cuatro años, no sintió miedo. Sintió lástima por el hombre que había preferido destruir a su propia familia antes que asumir sus propias limitaciones.