Chapter 17

Chapter 17: El parto

El estrés acumulado durante los últimos meses precipitó los acontecimientos biológicos.
En la semana treinta y tres de gestación, mientras repasaba con Maya los últimos borradores del escrito de acusación particular, Rebecca sintió una punzada aguda e intensa en la parte baja de la espalda, seguida de una pérdida de líquido amniótico.
El traslado al Hospital Universitario se realizó en una ambulancia del servicio de urgencias bajo custodia policial.
El equipo de ginecología de guardia determinó que Rebecca presentaba una dinámica de parto franca y un inicio de borramiento cervical. El bebé presentaba una frecuencia cardíaca estable, pero la condición de prematuridad aconsejaba el ingreso inmediato en el área de partos e incubación preventiva.
Richard Vale llegó al hospital veinte minutos después de recibir la llamada de Maya.
Permaneció en la sala de espera junto a la puerta de paritorios, vestido con su traje oscuro habitual, sosteniendo en brazos a la pequeña Emma, que miraba con curiosidad los carteles iluminados del pasillo.
Dentro del paritorio, la matrona y el obstetra monitorizaban las contracciones de Rebecca.
La agente Ortiz permanecía apostada en la puerta exterior del área quirúrgica para garantizar que se respetaba la orden de alejamiento dictada contra Trevor y cualquier miembro de la familia Harlan.
A las tres de la madrugada, las contracciones se hicieron más seguidas.
El dolor era intenso, pero Rebecca rehusó la anestesia epidural completa para mantener el control consciente durante todo el proceso. Quería sentir cada momento de la llegada de su segundo hijo.

—Vamos, Rebecca, un último esfuerzo —indicó la ginecóloga—. Ya vemos la cabeza.
Rebecca apretó las asas de la camilla. Recordó el momento en que sintió la primera patada de su bebé sobre la moqueta del salón, segundos después del impacto de la mano de Trevor contra su cara. Recordó cómo aquel pequeño movimiento la había sacado del estupefacto silencio para pedir ayuda a su padre.
Con un grito desgarrado que resonó en los azulejos del paritorio, Rebecca dio a luz.
El llanto del recién nacido llenó la estancia. Un llanto fuerte, agudo, lleno de vida.
—Es un niño —anunció la matrona, colocándolo inmediatamente sobre el pecho desnudo de Rebecca, envuelto en una sábana térmica.
Rebecca rompió a llorar. Un llanto liberador que se llevó consigo el sabor a sangre de su diente roto, el miedo a las llamadas anónimas y el peso de las amenazas de los Harlan.
El bebé, pequeño pero vigoroso, buscó instintivamente el pecho de su madre.
Rebecca le acarició la cabeza, cubierta de un vello fino y oscuro.
—Bienvenido, Mateo —susurró entre lágrimas—. Aquí estás a salvo.
Unas horas más tarde, en la habitación de la planta de maternidad, Richard entró llevando a Emma de la mano.
La pequeña corrió hacia la cama de su madre y miró con asombro la cuna nido transparente donde dormía su nuevo hermano.
—Es Mateo, mi amor —le dijo Rebecca, acariciándole el pelo a su hija.
Richard se acercó a la cuna. Miró al recién nacido y luego a su hija. Tenía los ojos empañados por la emoción.
—Es un Vale —dijo Richard en tono bajo.
Rebecca le miró fijamente y negó despacio con la cabeza.
—No, papá. No es un Vale. Ni un Harlan.
Richard la miró con sorpresa.
—Se llamará Mateo Vale-Moreno —dijo Rebecca con serenidad—. Llevará mis apellidos. No va a cargar con las deudas ni con las guerras de ningún imperio.
May you like
Richard guardó silencio durante unos segundos. Luego esbozó una sonrisa triste, pero llena de un orgullo genuino que Rebecca jamás había visto en él.
—Me parece perfecto, hija mía. Absolutamente perfecto.