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Chapter 28 - La carta desde la prisión

A finales del otoño siguiente, cuando Mateo se prepara para iniciar la educación infantil, Rebecca recibe una notificación por correo certificado desde la prisión de Soto del Real.

Se trata de una carta escrita de mano de Trevor.

Conforme a las medidas de protección dictadas por la Audiencia Provincial, la correspondencia privada del condenado dirigida a la víctima debe ser filtrada previa supervisión del juzgado de ejecución penas. La jueza le remite el escrito notificándole que Rebecca tiene el derecho de rechazar la recepción del sobre sin abrirlo.

Rebecca se sienta en el escritorio de su despacho en el estudio de diseño. El sobre oficial de Instituciones Penitenciarias descansa sobre la mesa de madera clara junto a un dibujo a ceras que Emma le hizo esa misma mañana.

Maya Chen la llama por teléfono desde su despacho.

—Si no quieres abrirla, la devolvemos al juzgado para que conste en su expediente penitenciario —le aconseja Maya—. No tienes ninguna obligación legal ni moral de leer lo que tenga que decirte.

Rebecca contempla la letra de Trevor en el remitente. Es la misma caligrafía apretada con la que rotuló el disco duro del desván: GUARDAR HASTA QUE R. SE ROMPA.

—Quiero leerla, Maya —dice Rebecca—. Necesito saber si sigue hablando desde el texto que le escribió su padre.

Abre el sobre con un abrecartas.

Dentro hay dos folios escritos con bolígrafo azul sobre papel pautado de la prisión.

Rebecca:

Te escribo esto porque el equipo técnico de la cárcel me dice que para optar al permiso de salida debo demostrar arrepentimiento hacia la víctima. Te seré sincero: me cuesta horrores escribir esta palabra.

Sigo pensando que tu padre arruinó nuestra vida. Sigo pensando que podíamos haber resuelto aquello entre nosotros sin llamar a la policía. Pero la semana pasada vi una fotografía de Emma y Mateo en una revista que alguien dejó en la biblioteca de la prisión.

Emma se parece a ti cuando te conocí en la universidad. Mateo tiene mis ojos.

Me he pasado tres años echándote la culpa de estar encerrado aquí dentro. Mi padre murió diciéndome que yo era un débil por haber dejado que una mujer me llevara ante un juez. Pero ayer soñé con la noche en que golpeé la puerta de la habitación de la niña. Soñé con el sonido que hizo la madera cuando le di el puñetazo.

No te pido perdón porque sé que no me lo vas a dar. Solo quiero saber si Emma sabe quién soy. Si le has dicho que su padre es un monstruo o si le has dicho la verdad.

Voy a solicitar la revisión de la patria potestad cuando cumpla los dos tercios de la condena el año que viene. Mis abogados dicen que tengo derecho a un régimen de correspondencia supervisada con los niños.

Trevor.

Rebecca lee la carta dos veces.

No hay lágrimas. No hay el pánico que solía atenazarle la garganta cuando escuchaba la voz de Trevor por teléfono.

Hay únicamente la confirmación de una verdad trágica: Trevor no ha cambiado. Ha aprendido el lenguaje de los informes penitenciarios para conseguir permisos, mezclando la manipulación emocional con la amenaza velada de reabrir el conflicto judicial por los niños.

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Rebecca dobla la carta, la guarda de nuevo en el sobre y llama a Maya.

—Maya —dice con voz serena—. Prepara la oposición formal a la solicitud de correspondencia. Trevor no quiere hablar con sus hijos; quiere volver a tener una puerta por la que mirar dentro de nuestra casa.

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