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Chapter 39 - La voz de Emma

La exploración de la menor se celebra en una sala de lactancia adaptada del Juzgado de Familia número seis de Madrid.

No hay estrados ni túnicas negras. La jueza, una mujer joven vestida de calle, se sienta en una mesa baja de madera con Emma, mientras la fiscal de menores observa discretamente desde un sillón en el rincón.

Rebecca espera en el pasillo exterior junto a Maya y Richard. Le tiemblan las manos, pero se mantiene erguida.

Dentro de la sala, la jueza habla con Emma sobre el colegio, sus amigos y sus dibujos favoritos. La niña responde con soltura, segura de sí misma, sin mostrar atisbo alguno de temor o timidez.

Tras veinte minutos de conversación distendida, la jueza saca una carpeta azul.

—Emma —dice la jueza con suavidad—, hay una persona que está en un sitio lejos de aquí y que ha escrito una carta preguntando si te gustaría recibir notas suyas por tu cumpleaños. Es tu padre, Trevor.

Emma deja el lápiz de colores sobre la mesa. Mira a la jueza fijamente con sus ojos oscuros, idénticos a los de Rebecca.

—¿Ese hombre sigue en la cárcel? —pregunta la niña.

—Sí, sigue allí —responde la jueza.

—Mi mamá me ha contado que ese hombre nos quiso mucho cuando yo era un bebé, pero que luego hizo cosas que estaban muy mal y que hicieron daño a mi mamá y a mi abuela Marianne.

—¿Te gustaría recibir cartas suyas para saber cómo está?

Emma lo piensa durante unos segundos. No hay rabia en su carita, solo la claridad limpia de una infancia que ha crecido al amparo de la verdad.

—No —responde Emma con voz firme—. Yo ya tengo a mi mamá, a mi hermano Mateo y a mi abuelo Richard. Cuando sea mayor y tenga dieciocho años, si ese hombre quiere hablar conmigo, yo decidiré si le escucho o no. Pero ahora estoy muy ocupada con mi colegio y con mis perros.

La jueza mira a la fiscal de menores. Ambas asienten despacio, impresionadas por la madurez y la serenidad de la respuesta de la pequeña.

Diez minutos después, la puerta de la sala se abre.

Emma sale al pasillo con una sonrisa, corre hacia Rebecca y se abraza a su cintura.

La jueza sale a continuación, mira a Rebecca y le dice en tono bajo:

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—Señora Vale, enhorabuena. Ha educado usted a una niña inmensamente libre. El auto de denegación de contacto se dictará esta misma tarde.

Rebecca se arrodilla en el suelo del pasillo, abraza a su hija contra el pecho y cierra los ojos, sintiendo que una última losa de piedra acaba de caer de sus espaldas.

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