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Chapter 38 - La escuela de la libertad

Dos años después de las declaraciones en la Audiencia Nacional, la vida de Rebecca se ha consolidado sobre cimientos enteramente propios.

El macroproceso judicial por corrupción ha llevado a la imputación de más de quince empresarios y excargos públicos, mientras que Richard Vale cumplió una condena de dieciocho meses de libertad vigilada tras pactar una multa astronómica y la devolución íntegra de las plusvalías obtenidas en los noventa, dedicando el resto de su patrimonio a la Fundación.

Rebecca ha abierto un taller de formación para mujeres supervivientes de violencia de género, donde enseña diseño editorial, herramientas digitales y autonomía financiera.

El local, situado en un callejón luminoso del barrio de Lavapiés, es un espacio lleno de plantas, grandes mesas de madera y luz natural.

Una tarde de viernes, tras finalizar una clase con diez alumnas, Maya Chen entra en el taller con una carpeta bajo el brazo.

—Tengo las últimas resoluciones del Juzgado de Familia —anuncia Maya, sentándose en una de las banquetas altas.

—Dime —responde Rebecca, limpiando una mesa de trabajo.

—Trevor ha vuelto a solicitar la revisión de las medidas de patria potestad desde prisión. Argumenta que ha completado un módulo de control de la agresividad en la cárcel y que quiere enviar cartas a los niños por su cumpleaños.

—¿Qué ha dicho el fiscal?

—El fiscal se opone nuevamente. Pero hay un cambio procesal: el nuevo juez adscrito al juzgado de familia ha ordenado que se realice una exploración judicial a Emma, que ya ha cumplido los siete años, para escuchar su opinión antes de resolver.

Rebecca deja el trapo sobre la mesa.

—Emma tiene siete años, Maya. No quiero que vuelva a pisar un juzgado.

—La exploración judicial a menores de más de siete años es una prueba ordinaria en derecho de familia español —explica Maya con delicadeza—. Se realiza en un entorno adaptado, sin toga, a puerta cerrada y con la sola presencia del juez y del fiscal de menores. Nadie va a presionar a la niña. Pero la ley exige escuchar la voz del menor cuando tiene suficiente madurez.

Rebecca mira por la ventana del taller.

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Ha protegido a sus hijos de las garras de la familia Harlan durante casi seis años. Ha acudido a docenas de vistas, ha soportado el acoso mediático y ha levantado su vida desde los escombros.

Ahora comprende que ha llegado el momento en que sus hijos tendrán que empezar a sostener su propia voz frente al pasado.

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