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Chapter 31 - La pulsera telemática

El tercer grado de Trevor Harlan se hace efectivo a principios de junio. Tras cumplir más de la mitad de su condena y acogerse a los beneficios del régimen abierto, abandona la prisión de Soto del Real para ingresar en un Centro de Inserción Social en Madrid.

Como medida cautelar indispensable para garantizar la seguridad de Rebecca, el Juzgado de Vigilancia Penitenciaria impone la colocación de un dispositivo de control telemático de presencia: una pulsera electrónica que emite una señal GPS en tiempo real.

Rebecca lleva consigo un dispositivo transmisor similar en el bolso, programado para emitir un aviso sonoro si Trevor rebasa el perímetro de seguridad de un kilómetro.

El primer aviso salta una tarde de martes, mientras Rebecca revisa unas pruebas de imprenta en su estudio del barrio de Las Letras.

El pitido del transmisor es agudo, seco y constante.

Rebecca se queda paralizada con un rotulador en la mano. Las dos empleadas de su estudio la miran con preocupación.

—Rebecca, ¿qué es eso? —pregunta una de ellas.

Rebecca no responde. Coge el aparato y lee la pantalla digital: ALERTA DE PROXIMIDAD: ZONA DE EXCLUSIÓN VULNERADA (850 METROS).

El pulso se le acelera por instinto, pero respira hondo y aplica los protocolos que ha ensayado decenas de veces. Llama inmediatamente al Centro de Control del Sistema de Seguimiento por Medios Telemáticos (COMETA).

—Centro de control, dígame —responde una voz operativa.

—Soy Rebecca Vale. Mi dispositivo está pitando. La pantalla indica ochocientos cincuenta metros.

—Mantenga la calma, señora Vale. Estamos verificando la posición del investigado. Permanezca en el interior del inmueble y no salga a la vía pública. Enviamos patrulla de la Policía Nacional de apoyo.

Cuatro minutos después, el pitido cesa.

La operadora vuelve a hablar por el altavoz:

—Señora Vale, la alerta ha sido desactivada. El usuario del dispositivo circulaba a bordo de un autobús de línea por una arteria principal autorizada en su itinerario laboral. Ha rebasado el radio de exclusión de forma tangencial durante dos minutos. Hemos contactado con él y se le ha ordenado corregir la ruta de inmediato.

—Gracias —dice Rebecca, colgando el teléfono.

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Se sienta en su silla de trabajo. Se da cuenta de que la pulsera no solo vigila a Trevor; también crea un hilo invisible pero permanente que sigue uniendo sus movimientos a los de él. Trevor está libre, camina por las mismas calles y su sola presencia en un autobús a ochocientos metros de distancia tiene el poder de alterar el ritmo de su estudio.

La condena en prisión ha terminado para él, pero la servidumbre de la vigilancia acaba de empezar para los dos.

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