Chapter 26 - La visita a la prisión

Aceptando el consejo de Rebecca, Marianne solicita un vis a vis ordinario en el centro penitenciario de Soto del Real para ver a Trevor. Rebecca se ofrece a llevarla en coche hasta el complejo penitenciario, esperando en el aparcamiento exterior mientras la anciana entra.
El día es gris y sopla un viento racheado sobre los muros de hormigón de la cárcel.
Rebecca permanece en el interior de su vehículo con el pequeño Mateo dormido en el asiento trasero en su silla de seguridad. Contempla la garita de control y los paneles de alta tensión que rodean el perímetro.
Ahí dentro está el hombre con el que durmió durante cuatro años. El hombre que le enseñó los parques de la ciudad cuando se mudaron juntos, el que le pintó la habitación a Emma... y el que le rompió un diente de un puñetazo mientras ella sostenía a su hija en brazos.
Dos horas después, Marianne sale por la puerta de visitantes. Camina despacio, abatida, con el abrigo abrochado hasta el cuello.
Rebecca baja del coche y la ayuda a sentarse en el asiento del copiloto.
—¿Cómo ha ido? —pregunta con cautela mientras inicia el viaje de regreso a Madrid.
Marianne mira por la ventanilla el paisaje desértico de la carretera de Colmenar.
—Sigue echándote la culpa —susurra Marianne con la voz rota—. Me dijo que si tú no hubieras llamado a Richard esa tarde, él habría conseguido el préstamo, habríamos vendido la casa y seríamos una familia feliz en el extranjero.
—No ha cambiado nada —constata Rebecca sin sorpresa.
—No —asiente Marianne—. Me pidió que le llevara fotos de Mateo. Le dije que no. Le dije que Mateo y Emma no van a crecer con la sombra de un padre que cree que golpear a una madre es una forma de amor. Se enfadó. Empezó a gritarme detrás del cristal... igual que hacía su padre.
Marianne cierra los ojos y deja escapar un suspiro largo y amargo.
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—Hoy he enterrado a mi hijo, Rebecca. El hombre que vi hoy allí dentro es solo un eco de Malcolm.
Rebecca no dice nada. Pone una mano sobre el hombro de su suegra mientras conduce hacia la ciudad. Entiende que el perdón no siempre es posible, pero que la lucidez es la única forma de evitar que la tragedia se transmita a la siguiente generación.