Chapter 12

Capítulo 12: El obsequio de los Valenzuela
Mariana y Alejandro bajaron al vestíbulo. En el centro de la estancia, un hombre maduro con un traje gris hecho a medida y un abrigo de cachemir los esperaba sosteniendo un pequeño paquete envuelto en papel de seda negro. Su postura era impecable; desprendía esa seguridad que solo el dinero dinástico puede otorgar.
—Señorita Salvatierra —dijo el hombre, haciendo una leve inclinación de cabeza. Su acento era nítidamente castellano, maduro y aterciopelado—. Me llamo Carlos Valenzuela. Es un honor conocerla al fin en persona.
Alejandro se colocó sutilmente delante de Mariana.
—Señor Valenzuela, este es un despacho privado. Si busca a mi cliente para proponerle cualquier asunto, le ruego que lo haga por los cauces legales.
Carlos Valenzuela soltó una risa suave, ignorando por completo al abogado. Miró fijamente a Mariana con unos ojos grises que carecían de cualquier calidez.

—Los abogados siempre buscando papeles donde solo hay caballerosidad. Mariana, he venido en persona porque le tengo un gran aprecio a su padre. Fuimos socios muy productivos. He sabido que ha tenido usted problemas con los fondos de su fundación en México y quería ofrecerle mi ayuda. En este paquete hay una copia del acuerdo original de 1996. Su padre empeñó algo más que su palabra aquella noche en el casino de Torrelodones. Empeñó las acciones preferentes del fideicomiso que hoy usted gestiona.
Mariana no se amedrentó. Dio un paso al frente, quedando a escasos centímetros de él.
—Mi padre está en camino, señor Valenzuela. Y yo no reconozco ninguna deuda que se haya firmado en un casino. La fundación no se toca.
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—Su padre viene a Madrid, lo sé. Pero me temo que viene a pedir clemencia, no a pelear —Carlos le tendió el paquete negro, que Mariana se vio obligada a coger—. Léalo esta noche. Mañana os espero a ambos a almorzar en mi finca de El Escorial. Si no asistís, los tribunales españoles recibirán una demanda de embargo preventivo sobre todos los activos de Salvatierra Capital en Europa. Que tengáis una buena tarde.
El hombre se giró y cruzó las puertas de cristal, subiéndose a un coche oficial que lo esperaba con el motor en marcha. Al abrir el paquete en el despacho, Mariana y Alejandro encontraron el documento. Al final de la última página, junto a la firma de Héctor Salvatierra, había una huella dactilar estampada en tinta roja. No era tinta común. Era un pacto sellado de forma literal.