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Chapter 29

Capítulo 29: El último golpe

—Tú eres el único que está acabado, Rodrigo —dijo Mariana, dando un paso al frente sin que le temblara el pulso—. La nave de Cobo Calleja fue un buen truco, pero te olvidaste de que yo misma diseñé el sistema operativo que estás intentando hackear.

Rodrigo soltó una carcajada forzada, aunque sus ojos reflejaban nerviosismo al ver que Alejandro bloqueaba la única salida de la sala.

—¿Ah, sí? Este servidor es independiente, Mariana. No puedes pararlo desde fuera. He pagado mucho dinero a los De la Vega para tener esta línea limpia. No tienes poder aquí.

—No necesito pararlo desde fuera, Rodrigo —respondió Mariana con una calma gélida—. Vine a San Sebastián porque sabía que usarías esta terminal. Mientras tú te dedicabas a descargar los archivos, mi tableta se ha conectado a la red local del banco a través del pase de auditoría. No estoy bloqueando tu descarga... estoy transfiriendo todo el capital de las cuentas puente de los De la Vega y de tu propia cuenta de fuga directo a los fondos de reserva de la fundación en Madrid. Te has quedado sin un solo céntimo. Otra vez.

Rodrigo miró la pantalla de su terminal. Las barras de progreso se tiñeron de rojo una a una, mostrando un mensaje de error sistemático: «Fondos insuficientes. Cuenta cancelada por fraude administrativo».

El rostro de Rodrigo s

e desfiguró por la ira. Perdió toda su elegancia aristocrática, convirtiéndose de nuevo en el hombre violento del penthouse de Polanco. Se abalanzó sobre Mariana con el puño levantado, gritando insultos que resonaron en las paredes de hormigón.

—¡Te voy a matar, maldita perra!

Alejandro intervino rápidamente, interceptando a Rodrigo antes de que pudiera tocar a Mariana. Ambos hombres rodaron por el suelo, golpeándose entre las mesas de servidores. Rodrigo, desesperado, logró zafarse y sacó una pequeña navaja automática de su bolsillo, hiriendo a Alejandro en el brazo.

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Mariana, al ver a Alejandro sangrar, no se lo pensó dos veces. Tomó una pesada pantalla de control de metal de una de las mesas y golpeó a Rodrigo con fuerza en la espalda, justo en el mismo lugar donde él le había propinado el golpe número cincuenta con el fuete de equitación años atrás.

Rodrigo cayó de bruces contra el suelo, soltando el arma y jadeando por el dolor, completamente inmovilizado.

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