Chapter 30

Capítulo 30: El viento del norte y el misterio de la ría
Diez minutos después, las sirenas de la Ertzaintza —la policía autonómica vasca— inundaban los alrededores del Paseo de Francia. Rodrigo Altamirano fue sacado del edificio del banco en camilla, fuertemente custodiado por agentes armados, con destino al hospital penitenciario de Martutene antes de su extradición definitiva e inmediata a una prisión federal de máxima seguridad en Estados Unidos por delitos informáticos internacionales.
Alejandro, con el brazo vendado por los sanitarios, sonreía cansado mientras contemplaba el mar desde la Bahía de la Concha junto a Mariana. Los discos duros habían sido recuperados y los fondos de la fundación se habían triplicado gracias a la incautación de las cuentas de los De la Vega.
—Ahora sí, Mariana —dijo Alejandro, tomándole la mano con ternura—. Se ha acabado el calvario. Meridian es intocable y tú eres libre en todo el mundo.
Mariana asintió, sintiendo el aire limpio del Cantábrico golpear sus mejillas. El mapa de sus cicatrices seguía ahí, pero el dolor se había transformado en una fortaleza inquebrantable. Rodrigo nunca más volvería a ser una amenaza.
Sin embargo, la vida de Mariana Salvatierra parecía estar condenada a no conocer un final absoluto.

Al regresar al hotel para recoger sus pertenencias antes de tomar el tren de vuelta a Madrid, Mariana encontró un sobre de color azul marino deslizado bajo la puerta de su habitación. No tenía sello postal ni remitente, solo su nombre escrito con una caligrafía clásica, elegante y fluida, completamente distinta a la de Rodrigo o Carlos Valenzuela.
Con una extraña sensación de premonición, Mariana abrió el sobre. Dentro había una antigua fotografía en blanco y negro de su padre, Héctor Salvatierra, de joven, sonriendo junto a un hombre idéntico a Alejandro Vance en los muelles del puerto de Pasajes. Al dorso de la fotografía, una breve nota escrita con tinta estilográfica decía:
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«Felicidades por su victoria contra el señor Altamirano, señorita Salvatierra. Ha demostrado tener el mismo coraje que su padre cuando fundó el verdadero origen de Meridian aquí, en el norte. Pero el dinero que acaba de confiscar del Banco Cantábrico no pertenecía a los De la Vega; pertenecía a la Logia del Cantábrico, el sindicato que su padre juró proteger con su vida y que usted acaba de traicionar sin saberlo. Alejandro Vance no es quien dice ser. Pregúntele por su verdadero apellido antes de que sea demasiado tarde para ambos. Nos vemos en el otoño de Madrid».
Mariana se quedó petrificada en el centro de la habitación, con la fotografía temblando en sus dedos. Escuchó el sonido del agua de la ducha donde Alejandro se estaba lavando la herida, dándose cuenta de que la red de mentiras que envolvía su vida era mucho más profunda, antigua y cercana de lo que jamás habría podido imaginar. El juego no había terminado; acababa de cambiar de bando.