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Chapter 9

Capítulo 9: Jaque al rey caído

—Tenemos que informar de esto a las autoridades federales en México inmediatamente —dijo Alejandro, visiblemente preocupado—. Mariana, esto ya no es un fraude financiero. Estamos hablando de delincuencia organizada y amenazas de muerte reales.

—No voy a permitir que destruya el único lugar donde esas mujeres se sienten a salvo —dijo Mariana, con una furia fría ardiendo en sus ojos—. Llama a mi abogada, Laura Barragán. Necesitamos que la Fiscalía general intervenga el sector de Rodrigo antes de que ocurra ese motín.

Durante las siguientes setenta y dos horas, el despacho de Madrid se convirtió en un centro de operaciones internacional. Trabajando en equipo con la policía mexicana y gracias a la información que Ximena proporcionó tras confirmarse su traslado de prisión, lograron interceptar las comunicaciones de Rodrigo dentro de la cárcel. Descubrieron que, efectivamente, el exempresario había vendido información confidencial a una banda criminal para ejecutar un atentado contra la sede de Coyoacán a cambio de su propia vida y una vía de escape.

La madrugada del viernes, la policía federal mexicana realizó una redada sorpresa de máxima seguridad en la celda de Rodrigo. Le incautaron tres teléfonos satelitales, armas punzocortantes y mapas detallados de las propiedades de Mariana.

Rodrigo fue trasladado de inmediato a un penal de máxima seguridad en el centro del país, incomunicado en una celda de aislamiento total, sumando veinte años más a su condena por conspiración, tentativa de secuestro y vínculos con el crimen organizado. Su red de cómplices externos fue desmantelada antes de que pudieran dar el primer paso.

Alejandro entró a la oficina de Madrid con una sonrisa de alivio, mostrando el comunicado de la Fiscalía mexicana.

—Lo habéis logrado, Mariana. Rodrigo Altamirano está enterrado en vida. Ya no tiene madre con dinero, ni socios, ni teléfonos, ni la más mínima posibilidad de ver la luz del sol en lo que le queda de existencia. El imperio del terror que construyó se ha evaporado por completo.

Mariana respiró hondo, sintiendo por primera vez en siete años que una pesada losa se desprendía de sus hombros.

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—Gracias, Alejandro. Sin ti, no sé si lo habría conseguido en este lado del mundo.

—Ha sido un honor, Mariana —respondió él, mirándola con una intensidad que trascendía lo profesional—. Pero presiento que esto es solo el comienzo de algo mucho más grande para ti.

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