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Chapter 7

Capítulo 7: Cara a cara en Madrid

Doña Rebeca se giró bruscamente, abriendo los ojos de par en par. El color de su rostro se desvaneció al ver a Mariana, impecable y carente de cualquier rastro de la sumisión de antaño. Gonzalo de la Vega frunció el ceño, poniéndose a la defensiva.

—¿Quién es esta mujer, Rebeca? —preguntó el empresario con voz ronca.

—Soy la dueña del dinero que intenta robar, señor De la Vega —intervino Mariana, dando un paso al frente sin un ápice de temor—. Mariana Salvatierra. Y si da un solo paso dentro de este banco, se convertirá en cómplice internacional de lavado de dinero de un reo sentenciado.

Doña Rebeca, recuperando parte de su veneno, dio un paso hacia ella, temblando de rabia.

—¡Eres una maldita advenediza! —siseó la anciana—. Has destruido a mi hijo, nos has quitado todo lo que nos correspondía por derecho. Ese dinero es de la familia Altamirano, ¡tú no eres más que la hija de un infeliz maestro de escuela!

—Ese maestro de escuela tiene más dignidad en un solo dedo de la que ustedes tendrán en toda su miserable vida —respondió Mariana, manteniendo una calma glacial que desquició a su exsuegra—. Rodrigo está en una celda de tres por tres metros, y usted está aquí, mendigando los restos de un fraude. ¿No le da vergüenza?

Gonzalo de la Vega intervino, mirando su reloj con nerviosismo.

—Mire, niñata, no sé qué asuntos familiares tengáis, pero este poder es legal en España. Así que quítese del medio si no quiere que llame a la Policía.

En ese instante, Alejandro Vance apareció corriendo por la acera, sosteniendo un documento sellado en la mano y acompañado por dos agentes de la Policía Nacional española.

—¡Señor De la Vega! —exclamó Alejandro, recuperando el aliento—. No va a hacer falta que llame a nadie. Aquí tiene la orden de la Audiencia Nacional. Las cuentas de Altamirano Sistemas y todas sus filiales en territorio español quedan cautelarmente congeladas por orden del magistrado. Estis vosotros dos bajo investigación por alzamiento de bienes.

Gonzalo de la Vega palideció, mirando el documento y luego a Doña Rebeca con pura furia.

—¡Me dijiste que esta tía estaba controlada! —le gritó Gonzalo a la anciana—. ¡Me has metido en un lío monumental!

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Los agentes de policía se interpusieron, solicitando las identificaciones de ambos. Mariana miró a Doña Rebeca, quien rompió a llorar de frustración en plena calle Alcalá, viendo cómo su último sueño de opulencia se desmoronaba.

—Se acabó el juego, Rebeca —dijo Mariana en voz baja—. Buen viaje de vuelta a la realidad.

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