Chapter 19

Capítulo 19: El fin del mundo
Finisterre. El cabo que los romanos bautizaron como el fin del mundo conocido. La noche estaba encrespada, con un temporal que hacía que las olas del océano Atlántico rompieran con furia salvaje contra los acantilados de piedra negra. El viento rugía con tanta fuerza que resultaba difícil mantenerse en pie cerca del faro.
Mariana caminaba sola hacia la explanada del faro, sosteniendo un maletín con una tableta corporativa que contenía los accesos financieros. Alejandro se había quedado a un kilómetro de distancia, coordinando en secreto con un equipo táctico de la Guardia Civil que se aproximaba a pie por los senderos del acantilado, evitando cualquier vehículo para no alertar a los secuestradores.
Del fondo de la penumbra, cerca de la barandilla que daba al abismo marino, aparecieron dos siluetas. Carlos Valenzuela, vistiendo un impermeable oscuro, empujaba a Héctor Salvatierra, quien apenas podía caminar, tiritando de frío y con las manos atadas a la espalda.
—¡Detente ahí! —gritó Carlos, sacando una pistola y apuntando a la cabeza de Héctor—. Muéstrame la tableta.

Mariana levantó el dispositivo, encendiendo la pantalla para que el brillo iluminara su rostro.
—Aquí están las autorizaciones de transferencia, Valenzuela —dijo Mariana, alzando la voz por encima del rugido del viento—. El dinero está listo para moverse a una cuenta en Tánger. Pero primero suelta a mi padre. Deja que camine hacia mí.
—¡Primero transfiere! —exigió Carlos, con los ojos desorbitados por la desesperación—. ¡No tengo tiempo! ¡Los muelles están cercados!
Mariana tecleó un código en la pantalla. Sabía que la transferencia era una trampa informática diseñada por Alejandro: en cuanto se ejecutara, emitiría una señal de geolocalización que congelaría la cuenta de destino en tiempo real y alertaría a las autoridades internacionales.
—Ya está hecho —dijo Mariana, mostrando el mensaje de confirmación de envío—. Ahora, cumple tu palabra.
Carlos Valenzuela miró la pantalla, sonrió con malicia y empujó a Héctor hacia delante. El anciano tropezó y cayó de rodillas sobre la roca húmeda. Mariana corrió hacia él, ayudándole a levantarse y desatando sus muñecas con dedos temblorosos.
—Vámonos, papá. Ya está —susurró Mariana, abrazándolo.
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Carlos guardó el arma y se dispuso a correr hacia un sendero oculto que bajaba a una cala donde lo esperaba una lancha motora. Pero en ese preciso instante, potentes focos de luz iluminaron la explanada desde los caminos superiores. Helicópteros de la Guardia Civil aparecieron entre las nubes, haciendo que el cielo tronara.
—¡Alto a la Guardia Civil! ¡Tiren las armas! —resonó por los megáfonos.