Chapter 22

Capítulo 22: El palacete de los espejos
Alejandro trasladó a Mariana a una propiedad que su familia poseía en un pequeño pueblo de la sierra de Madrid, lejos del radar corporativo. Era un antiguo caserón de piedra, rodeado de vegetación y silencios. Allí, instalaron un centro de contingencia improvisado.
Durante los tres días siguientes, Mariana trabajó sin descanso con Laura por videoconferencia para encriptar de nuevo las bases de datos de las mujeres protegidas en Coyoacán y en Madrid. El blindaje era casi total, pero el peligro real residía en los donantes: grandes fortunas europeas y americanas que retiraban sus fondos por temor a que sus nombres se vieran envueltos en un escándalo de filtraciones.
—Estamos perdiendo liquidez —advirtió Alejandro, revisando los gráficos en su ordenador—. A este ritmo, la sede de Chamberí tendrá que cerrar en un mes. Rodrigo sabe perfectamente dónde golpear: no te busca a ti para matarte, busca asfixiar lo que has construido para que vuelvas a estar de rodillas.

El timbre de la casa de la sierra sonó, rompiendo la tensión. Alejandro sacó una pequeña pistola de su americana y se aproximó a la ventana con cautela. Fuera, bajo la lluvia fina, no había ningún sicario, sino una mujer elegante, de unos cincuenta años, vestida con un traje de chaqueta oscuro y un paraguas de seda.
Mariana la reconoció de inmediato por las revistas de finanzas españolas. Era Carmen de la Vega, la hermana mayor de Gonzalo de la Vega, el empresario corrupto que se había aliado con Doña Rebeca en el pasado.
—Déjala entrar, Alejandro —dijo Mariana, levantándose de la silla—. Los De la Vega no matan con armas; matan con contratos.
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Carmen entró en el salón, dejando el paraguas en el vestíbulo. Miró a Mariana con una mezcla de respeto y frialdad castellana.
—Señorita Salvatierra. Siento interrumpir su escondite, pero su exmarido se ha puesto en contacto con mi familia. Y creo que a ambas nos conviene que ese hombre vuelva a estar bajo tierra.